La necesidad de establecer cambios en una organización social proviene generalmente de cierta disconformidad con el funcionamiento esperado, o con los resultados obtenidos, como es el caso de la Iglesia Católica. Sin embargo, el cambio por el cambio mismo es algo incoherente, ya que ello no asegura un progreso efectivo sino que incluso puede ocasionar retrocesos. El cambio pequeño implica alterar símbolos religiosos, como así también costumbres y tradiciones, hasta llegar finalmente a los fundamentos mismos de la institución. M. Roberto Gorostiaga escribió: “Un oleaje continuo de cambios agita la Iglesia desde hace cosa de un decenio. Cuando creemos que el nuevo cambio será «el último», que podremos descansar en él, la nueva ola barre con nuestras esperanzas. Desde la disposición interior de las iglesias (altar, sagrario, imágenes de santos) hasta el rito de la misa, pasando por el tratamiento dado a los obispos, la catequesis, el traje de los sacerdotes, los hábitos de las religiosas, nada se salva de la universal marejada de cambios”.
La función atribuida a los cambios, según el autor, “es ir ablandando a los «buenos», haciéndoles de más en más proclives a la idea del cambio para que, cada vez, les choquen menos las cosas malas”. “Así hay toda una «línea media» de gente, en proceso de ablande, que no quiere la destrucción de la Iglesia como la buscan los progresistas; pero que llevados por una obediencia no filial sino servil a la autoridad, ven cómo caen las tradiciones más venerables, los usos más santos, y se apresuran como a hacer punta en la nueva costumbre, señalando que ellos marchan por una vía media, a igual distancia tanto de los sostenedores de la herejía progresista cuanto de los defensores a ultranza de una tradición esclerosada. «Se cede por temor de lo peor o para no dejar de parecer lo suficientemente moderno y dispuesto al deseado ‘aggiornamento’» (Pablo VI)”.
“Así, cuando se dice «apertura», significa de hecho, simpatía hacia todo lo malo del mundo moderno: hacia el comunismo, las formas estatizantes y colectivistas, blandura cuando no franca aceptación del erotismo, inmoralidad en espectáculos y revistas, etc.”. “Para elegir este prudente y juicioso término medio entre verdad y error, la «línea media» parte a menudo de la falta de habilidad, intemperancia, dureza, imperfecciones, a veces reales, de los defensores de la verdad. No nos dejemos atrapar en este lazo….Por hosco y antipático que sea quien dice que dos más dos son cuatro, y por simpático y agradable resulte quien sostenga que son cinco, la verdad no por eso, es cuatro y pico”. “Si se quiere hacer caminar a la «línea media» cincuenta pasos a la izquierda, basta solamente que los «avanzados» caminen cien” (De “La misa, la obediencia y el Concilio Vaticano II”-Ediciones Fundación-Buenos Aires 1979).
De la misma manera en que a los políticos populistas y totalitarios no les basta con ignorar las leyes y la Constitución, sino que incluso pretenden cambiarlas para sentirse más a gusto con el poder, los destructores inconscientes de la Iglesia piden cambios en lugar de intentar cumplir con los mandamientos de Cristo. Como tales mandamientos requieren bastante esfuerzo de adaptación personal, les resulta más cómodo el cambio de la institución.
Luego de convertirse en Papa, Jorge Bergoglio ha impuesto cambios en la Iglesia, como era de esperar, aunque surgen dudas acerca de si tales cambios favorecerán un acercamiento a la propuesta evangélica o bien a un aumento del número de seguidores. Alguien advirtió sorprendido que el Papa procedió a apagar varias luces que no se utilizaban en un sector del Vaticano, tratando de evitar el derroche innecesario de energía que no sólo malgasta recursos económicos sino que evita parcialmente la contaminación ambiental asociada a toda generación eléctrica. Sin embargo, ésa es la postura adoptada por toda persona normal en una sociedad normal, mientras que, por el contrario, cuando tal actitud sorprende, resulta ser un indicio de que estamos en una situación de crisis moral.
Algunos críticos han advertido respuestas del Papa a las que consideran desligadas de la tradición eclesiástica. Antonio Socci escribió: “He aquí la primera cita del Papa Bergoglio, en la entrevista aparecida en «Reppublica» del 1 de Octubre de 2013: «Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y también del Mal. Nosotros debemos incitar a proceder hacia aquello que uno piensa que es el Bien….Cada uno tiene una idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal tal como uno lo conceptúa. Bastaría esto para cambiar el mundo»”.
“Es impresionante leer estas palabras teniendo delante de los ojos las imágenes de los estragos de Paris (y de tantos otros estragos que el fanatismo islámico perpetra cada día en el mundo). Estas palabras de Bergoglio están en total contradicción con las enseñanzas de siempre de la Iglesia. En efecto, la Doctrina Católica afirma que el Bien y el Mal no son subjetivos, esto es, no son opiniones arbitrarias, y son objetivas y se encuentran inscriptas en la conciencia, en las leyes naturales y más claramente y explícitamente en las leyes de Dios, en los Mandamientos”.
“Basta aquí recordar las palabras de Pablo VI del 12 de febrero de 1969: «La conciencia, de por sí, no es el árbitro del valor moral de las acciones que ella sugiere. La conciencia es la intérprete de una norma interior y superior; no la crea por sí. Ella está iluminada por la intuición de ciertos principios normativos, connaturales con la razón humana; la conciencia no es la fuente del bien y del mal; es la advertencia, es la escucha de una voz, que se llama justamente la voz de la conciencia, es el reclamo a la conformidad que una acción debe tener a una exigencia intrínseca del hombre, de manera que el hombre sea hombre verdadero y perfecto. Lo cual es la intimación subjetiva e inmediata de una ley, que debemos llamar natural, no obstante que muchos hoy no quieren escuchar más hablar de ley natural”.
“Nueve meses después, el Papa Bergoglio, en una nueva entrevista con Scalfari, aparecida en «Reppublica» el 13 de Julio de 2014, volvió sobre el argumento y agregó: «La conciencia es libre. Se elige el mal porque se está seguro que de ello derivará un bien, de lo alto de los cielos estas intenciones y sus consecuencias serán evaluadas. Nosotros no podemos decir más porque no sabemos más». Una suerte de ‘¿quien soy yo para juzgar?’ también frente al mal elegido deliberadamente con la intención de perseguir un objetivo que es considerado justo (que luego es el viejo y peligroso adagio por el cual ‘el fin justifica los medios’)”.
“Esta idea es radicalmente condenada por la Iglesia como se puede leer en el mismo Catecismo de la Iglesia Católica que afirma categóricamente: «No es lícito cometer el mal aunque de él derive un bien». Explica en efecto que ya «es equivocado juzgar la moralidad de las acciones humanas considerando solamente la intención que les inspira, o las circunstancias que constituyen el ámbito”. Pero sobretodo afirma: «Hay acciones que por si mismas, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitas por razones de su objetivo; tales la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio»” (De www.antoniosocci.com ).
Por lo visto, el Papa adhiere a una forma de relativismo moral en el cual, al no existir el bien ni el mal, en un sentido objetivo, desconoce el tema que le da sentido a la Biblia y al cristianismo, es decir, la lucha entre el Bien y el Mal y la búsqueda del triunfo definitivo del primero sobre el segundo. De ahí que no resulte extraña su adhesión a la Teología de la Liberación en donde, se supone, la lucha histórica no es entre el Bien y el Mal sino entre pobres y ricos, o entre poseedores de medios de producción contra los no poseedores.
Desde el punto de vista de la psicología social, puede afirmarse que el Bien radica en la actitud del amor, por la cual se comparten las penas y las alegrías de los demás como propias. El cristianismo propone, justamente, que en todo individuo predomine esta actitud sobre las restantes. El Mal, por otra parte, se asocia a la actitud del odio, por la cual las alegrías ajenas producen tristeza propia y las tristezas ajenas, alegría propia. El egoísmo implica desinteresarnos de lo que le acontece a los demás y, junto a la negligencia, completa el conjunto de actitudes básicas que producen el Mal.
De la misma forma en que una concesionaria de automóviles, que siempre ha vendido una marca, comienza a vender la marca rival, pareciera que la actual Iglesia Católica, que siempre ha predicado el cristianismo, comienza ahora a promover el marxismo. Adviértase que no se trata de la inclusión de los Evangelios en un sistema más amplio, sino que directamente se niegan sus premisas fundamentales. Ya en los años 70 se hacía notoria la destrucción espiritual de la Iglesia cuando varios de sus integrantes se convierten en autores intelectuales del terrorismo marxista. M. Roberto Gorostiaga escribió: “Cuando la izquierda marxista subió al poder con Cámpora y con Obregón Cano como gobernador de Córdoba, su arzobispo, Cardenal Raúl Primatesta, dialogaba cordialmente con ella”. “El Cardenal expresó: «Tengan presente que yo estaré siempre cercano a nuestra responsabilidad común»”.
“En cambio, cuando la guerrilla comunista imponía su terror en Córdoba y en la Nación entera, no se oyó su voz. Ni cuando se impuso en todos los colegios, estatales y privados, la materia Estudio de la Realidad Social Argentina, de neto cuño marxista, basada en la tesis del comunista confeso Paulo Freire. Estuvo también a favor de la Biblia Latinoamericana, veneno intrínsecamente perverso en las páginas de la Escritura Santa”. “No se entiende la guerrilla montonera sin la activa participación de clérigos y religiosas que corrompían moral y doctrinariamente a la juventud a su cuidado, bajo la protección de «pastores» como el Cardenal Primatesta”.
“No podemos callar. Son demasiadas las catástrofes morales que tantas familias católicas, incluso muy queridas y allegadas, han tenido con sus hijos e hijas, pervertidos, subvertidos o destrozados espiritualmente en colegios, parroquias y movimientos juveniles, por sacerdotes y monjas amparados por, no ya pastores mercenarios, sino lobos con piel de pastor. ¡Cuántos jóvenes perdieron su vida, física o moral, al servicio del terrorismo comunista! ¡Cuántos perdieron la fe! ¡Cuántos no se casan por la Iglesia, ni bautizan a sus hijos!”.
El citado autor menciona una declaración “sincera” emitida por Leónidas Proaño Villalba, obispo de Riobamba, Ecuador: “Si el marxismo tiene un instrumento de análisis de la realidad, un instrumento científico, indiscutiblemente válido, el más válido que se conoce en la historia de la humanidad, el cristiano creo que tiene derecho a utilizar este método, para hacer su análisis”…”En principio, el cristiano debe colaborar con el marxismo, en la conquista de objetivos concretos”.
Finalmente cabe recordar la recomendación de Cristo: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas; mas de dentro son lobos rapaces”. “Por sus frutos los reconoceréis”
domingo, 29 de marzo de 2015
Spinoza; política y religión
De manera similar en que nuestras neuronas se conectan estableciendo circuitos, o ensambles neuronales, que se van reforzando con el razonamiento especializado, que hace las veces de un entrenamiento mental, los distintos cerebros se vinculan reforzando las ideas comunes que permiten establecer una mentalidad generalizada favorable al surgimiento de una comunidad. Este proceso resulta similar al de la interconexión de varias computadoras que permite la realización de Internet. Tal conjunto de ideas no se ha de conformar con cualesquiera posibles, sino con aquellas adecuadas, o verdaderas, es decir, compatibles con las leyes naturales que rigen el orden natural, y que constituyen los vínculos invariantes entre causas y efectos que rigen la conducta de los seres humanos. Baruch de Spinoza ha sido uno de los pensadores que ha descrito con detalles tal proceso.
Tanto la determinación de la mejor forma de gobierno como de la mejor religión implica intuir el tipo de comunidad que se ha de derivar de las ideas adecuadas, en el sentido indicado, de tal manera que ese gobierno, o esa religión, favorezcan, y no se opongan, a su espontánea aparición. Para ello debemos considerar previamente la existencia del proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural por el cual tiende a lograr mayores niveles de adaptación dejando de lado la posibilidad de ideas como la del “eterno retorno”, que descartan la existencia de un sentido de la evolución y de la propia humanidad. Jacob Taubes escribió: “Para que la historia, la historia del individuo así como la colectiva, signifiquen algo, debe tener un principio y un fin. Si los hechos de nuestra vida no están orientados por un principio y un fin, nuestra historia se convierte en mero catálogo de datos. En el orden cíclico de la eterna repetición, «no hay nada nuevo bajo el sol». Volverá el hombre a vivir su vida actual, y así mil veces, sin nada nuevo en ella. Todos los acontecimientos se repetirán por el mismo orden y en serie”.
“La repetición eterna debería sustituir el Juicio Final. Así, cada momento de la vida humana iba cargado con el peso de la eternidad”. “El ciclo es símbolo de la existencia humana sin futuro y no impone imperativo ético que transforma el orden natural del hombre”. “A lo largo de la historia de los últimos ochocientos años, el paradigma de una ética escatológica de amor fraterno se tradujo repetidas veces en diversas configuraciones institucionales. El hombre no se contenta con que la ciudad celeste permanezca en las nubes, sino que de cuando en cuando anhela que ponga su morada en la Tierra” (De “La comunidad”-Compilado por Carl J. Friedrich-Editorial Roble-México 1969).
En la visión de Spinoza aparece la idea de inmanencia, con un Dios impersonal dentro del mundo y no con un Dios personal fuera de él. Si nuestro mundo funcionara de esta última forma, no podríamos dejar de padecer los conflictos interreligiosos por los cuales los seguidores de los distintos enviados se disputan la legitimidad en su condición de tales. Gustavo Santiago escribió: “La concepción de un Dios trascendente ha sido fruto de una doble operación. Quienes ejercían el poder de un modo verticalista, basándolo en la fuerza, el miedo y la subordinación, proyectaron hacia otra dimensión la propia estructura de poder de la que gozaban, Una vez hecho esto, colocaron como fundamento de su propia práctica la autoridad divina que habían moldeado según sus intereses. Pero, si resulta que el ser de Dios es inmanente a la naturaleza, la justificación de esas jerarquías de poder desaparece y la arbitrariedad no encuentra dónde ocultarse. ¿En qué se convierte un Dios que pierde la trascendencia? En el todo inmanente. O, dicho de otro modo, en la naturaleza”.
Para Spinoza, los hombres se diferencian en lo que pueden hacer, es decir, por sus capacidades o potencias. De ahí resulta que su unión en comunidad deba establecerse reforzando esas potencias en lugar de disminuirlas. Santiago agrega: “El mundo de Spinoza es un mundo en el que cada cosa está abierta a las demás. La ética no es más que una mirada sobre los encuentros y desencuentros que se producen entre los diversos seres”. “Hay encuentros que redundan en un aumento de potencia del conjunto por sobre cada ser singular. Son los casos en los que dos cuerpos afines componen un cuerpo mayor. Cuanto mayor sea la afinidad entre esos cuerpos, mayor será la potencia resultante: «si dos individuos que tienen una naturaleza enteramente igual se unen entre sí, componen un individuo doblemente potente que cada uno de ellos por separado»” (De “Intensidades filosóficas”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2008).
En el cristianismo, la cooperación entre individuos se da como consecuencia de haber previamente establecido un vínculo afectivo basado en el amor al prójimo. También en la postura spinoziana se propone una unión desde los aspectos afectivos, pero, mientras que en el cristianismo se llega a tal actitud por medio de la fe, en la religión natural se llega mediante la razón. Para ser gobernados por la razón, ésta debe predominar sobre las pasiones. Ello no implica que se deba priorizarse la razón sobre las emociones en cada ocasión, sino que debe adoptarse la razón como una guía para las emociones cuyos resultados se lograrán en el largo plazo. Gustavo Santiago escribió: “Pero, además de tener ideas inadecuadas y de ser pasivo, el hombre sujeto a las pasiones adolece de estrechez de horizonte. Incapaz de comprender las cadenas de causas y efectos que rigen la naturaleza, incapaz de comprender que el bien de su entorno es también su propio bien, centra su mirada en él mismo y actúa de modo completamente egoísta. Tiende a utilizar a los demás en beneficio propio, a entrar en pleitos continuos, a entregarse desenfrenadamente a placeres que luego terminan trocándose en dolor sin que él pueda comprender cómo fue que sucedió eso. Siendo incapaz de componer con otros hombres, tiende a aislarse y a provocar descomposición en su contacto con los demás”.
En los hombres cuyas emociones son guiadas por la razón, desaparece el fanatismo que hace peligrar la existencia misma de la comunidad. De ahí la imperiosa necesidad de que la fe religiosa se oriente por la razón, para evitar los conflictos y antagonismos entre los diversos grupos. Marilena Chaui escribió: “La teología exige obediencia y sumisión intelectual; la filosofía es el ejercicio del libre pensamiento. Pero si la teología reclama una razón obediente y sumisa, si transforma el sentimiento religioso en sumisión a preceptos y dogmas incomprensibles, nada impide que aquel que desea obedecer pueda también desear comprender el sentido de su obediencia. Es en este momento de la comprensión del significado de un saber obediente cuando sale a la luz la contradicción. El deseo de conocer puede, en un primer paso, intentar que el consuelo aportado por la teología se convierta en certeza «matemáticamente demostrada», lo que es imposible”.
“Si la razón es invocada para aseverar las certezas teológicas, éstas quedan bajo el dominio de aquélla y, en este caso, la teología extrae su claridad de la pura luz de la razón, y no ya de los misterios de la revelación, que son su fuente y garantía. Si, al contrario, la razón es invocada sólo para auxiliar a la teología en la tarea de persuadir a los infieles, no merece la menor confianza, pues, o el Espíritu Santo se deja reconocer por sus propias obras, o no hay como convencer a un infiel de que aquello que ve y siente es obra del Espíritu Santo y no de la razón. A menos que sea para satisfacer un insaciable deseo de poder, nada explica el intento de la teología de usar la razón” (De “Política en Spinoza”-Editorial Gorla-Buenos Aires 2004).
Gustavo Santiago indica el planteo que se desprende de la Ética de Spinoza: “Partiendo, entonces, de condiciones reales, según las cuales la mayoría de los hombres no vive bajo la guía de la razón, ¿Cuál será la mejor forma política para el cultivo de comunidades? Por un lado, aquella que favorezca las posibilidades de encuentro de hombres libres, que no ponga obstáculos para la vida en amistad, que no ataque a quienes quieran unir su potencia para un logro común. Por otro lado, la que ponga freno con la menor violencia posible a aquellos que resulten peligrosos para quienes buscan el bien común. Esa forma de gobierno es la democracia”.
Por otra parte, Spinoza escribió: “El fin del Estado no consiste en transformar a los hombres de seres racionales en animales o autómatas, sino más bien en hacer que su espíritu y su cuerpo puedan desarrollar sus fuerzas sin trabas, para que usen libremente de su razón y para que no se combatan con cólera, odio o astucia, ni se sientan enemigos entre sí. El fin del Estado es, en realidad, la libertad” (Del “Tratado Teológico Político”).
Existe un principio implícito en la vida de los hombres que establece que aquello que mucho apreciamos, mucho trabajo requiere para su logro; por lo que Spinoza escribió: “He terminado aquí lo que quería establecer concerniente a la potencia del alma sobre sus afecciones y a la libertad del alma. Si el camino que he demostrado que conduce a la verdadera felicidad parece arduo, no por eso debemos dejar de entrar en él. Ciertamente, tiene que ser arduo lo que se encuentra con tan poca frecuencia. ¿Sería posible, si la salvación estuviera en nuestra mano y se pudiera conseguir sin mucho esfuerzo, que fuese desdeñada por casi todos? Pero todo lo que es hermoso es tan difícil como raro”.
Los recientes atentados terroristas en Francia vuelven a mostrar que la religión que rechaza tanto el razonamiento como las evidencias experimentales que surgen de las ciencias sociales, no debe considerarse como una “religión” por cuanto no une a los adeptos, sino que destruye todo atisbo de comunidad y civilización. Se olvida que toda religión ha de tener una implicancia ética y que si a esa implicancia se llega por caminos simples, no se debe a éstos rechazar, a menos que la formación de una comunidad humana no tenga valor alguno para quienes entonces la “religión” es solamente un medio para crear discordia y beneficiarse de ella de alguna forma.
Desde algunos sectores católicos se observa con cierto desprecio la religión natural, ya que, al carecer ésta de revelación, y al sustentarse en la experiencia y en la razón, se opone aparentemente a la religión tradicional. Sin embargo, resulta ser la única alternativa posible que elimina los justificativos que llevan a los conflictos interreligiosos permitiendo que el hombre se oriente definitivamente en la dirección que el propio orden natural nos impone. La evidencia de tal necesidad puede incluso observarse en la propia Iglesia Católica en donde un influyente sector ha llegado a reemplazar al cristianismo por el marxismo, con la simple jugarreta de ocultar bajo el nombre de Dios una de las ideologías más nefastas que ha padecido la humanidad, como es el marxismo-leninismo; esta vez bajo el engañoso nombre de Teología de la Liberación.
Tanto la determinación de la mejor forma de gobierno como de la mejor religión implica intuir el tipo de comunidad que se ha de derivar de las ideas adecuadas, en el sentido indicado, de tal manera que ese gobierno, o esa religión, favorezcan, y no se opongan, a su espontánea aparición. Para ello debemos considerar previamente la existencia del proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural por el cual tiende a lograr mayores niveles de adaptación dejando de lado la posibilidad de ideas como la del “eterno retorno”, que descartan la existencia de un sentido de la evolución y de la propia humanidad. Jacob Taubes escribió: “Para que la historia, la historia del individuo así como la colectiva, signifiquen algo, debe tener un principio y un fin. Si los hechos de nuestra vida no están orientados por un principio y un fin, nuestra historia se convierte en mero catálogo de datos. En el orden cíclico de la eterna repetición, «no hay nada nuevo bajo el sol». Volverá el hombre a vivir su vida actual, y así mil veces, sin nada nuevo en ella. Todos los acontecimientos se repetirán por el mismo orden y en serie”.
“La repetición eterna debería sustituir el Juicio Final. Así, cada momento de la vida humana iba cargado con el peso de la eternidad”. “El ciclo es símbolo de la existencia humana sin futuro y no impone imperativo ético que transforma el orden natural del hombre”. “A lo largo de la historia de los últimos ochocientos años, el paradigma de una ética escatológica de amor fraterno se tradujo repetidas veces en diversas configuraciones institucionales. El hombre no se contenta con que la ciudad celeste permanezca en las nubes, sino que de cuando en cuando anhela que ponga su morada en la Tierra” (De “La comunidad”-Compilado por Carl J. Friedrich-Editorial Roble-México 1969).
En la visión de Spinoza aparece la idea de inmanencia, con un Dios impersonal dentro del mundo y no con un Dios personal fuera de él. Si nuestro mundo funcionara de esta última forma, no podríamos dejar de padecer los conflictos interreligiosos por los cuales los seguidores de los distintos enviados se disputan la legitimidad en su condición de tales. Gustavo Santiago escribió: “La concepción de un Dios trascendente ha sido fruto de una doble operación. Quienes ejercían el poder de un modo verticalista, basándolo en la fuerza, el miedo y la subordinación, proyectaron hacia otra dimensión la propia estructura de poder de la que gozaban, Una vez hecho esto, colocaron como fundamento de su propia práctica la autoridad divina que habían moldeado según sus intereses. Pero, si resulta que el ser de Dios es inmanente a la naturaleza, la justificación de esas jerarquías de poder desaparece y la arbitrariedad no encuentra dónde ocultarse. ¿En qué se convierte un Dios que pierde la trascendencia? En el todo inmanente. O, dicho de otro modo, en la naturaleza”.
Para Spinoza, los hombres se diferencian en lo que pueden hacer, es decir, por sus capacidades o potencias. De ahí resulta que su unión en comunidad deba establecerse reforzando esas potencias en lugar de disminuirlas. Santiago agrega: “El mundo de Spinoza es un mundo en el que cada cosa está abierta a las demás. La ética no es más que una mirada sobre los encuentros y desencuentros que se producen entre los diversos seres”. “Hay encuentros que redundan en un aumento de potencia del conjunto por sobre cada ser singular. Son los casos en los que dos cuerpos afines componen un cuerpo mayor. Cuanto mayor sea la afinidad entre esos cuerpos, mayor será la potencia resultante: «si dos individuos que tienen una naturaleza enteramente igual se unen entre sí, componen un individuo doblemente potente que cada uno de ellos por separado»” (De “Intensidades filosóficas”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2008).
En el cristianismo, la cooperación entre individuos se da como consecuencia de haber previamente establecido un vínculo afectivo basado en el amor al prójimo. También en la postura spinoziana se propone una unión desde los aspectos afectivos, pero, mientras que en el cristianismo se llega a tal actitud por medio de la fe, en la religión natural se llega mediante la razón. Para ser gobernados por la razón, ésta debe predominar sobre las pasiones. Ello no implica que se deba priorizarse la razón sobre las emociones en cada ocasión, sino que debe adoptarse la razón como una guía para las emociones cuyos resultados se lograrán en el largo plazo. Gustavo Santiago escribió: “Pero, además de tener ideas inadecuadas y de ser pasivo, el hombre sujeto a las pasiones adolece de estrechez de horizonte. Incapaz de comprender las cadenas de causas y efectos que rigen la naturaleza, incapaz de comprender que el bien de su entorno es también su propio bien, centra su mirada en él mismo y actúa de modo completamente egoísta. Tiende a utilizar a los demás en beneficio propio, a entrar en pleitos continuos, a entregarse desenfrenadamente a placeres que luego terminan trocándose en dolor sin que él pueda comprender cómo fue que sucedió eso. Siendo incapaz de componer con otros hombres, tiende a aislarse y a provocar descomposición en su contacto con los demás”.
En los hombres cuyas emociones son guiadas por la razón, desaparece el fanatismo que hace peligrar la existencia misma de la comunidad. De ahí la imperiosa necesidad de que la fe religiosa se oriente por la razón, para evitar los conflictos y antagonismos entre los diversos grupos. Marilena Chaui escribió: “La teología exige obediencia y sumisión intelectual; la filosofía es el ejercicio del libre pensamiento. Pero si la teología reclama una razón obediente y sumisa, si transforma el sentimiento religioso en sumisión a preceptos y dogmas incomprensibles, nada impide que aquel que desea obedecer pueda también desear comprender el sentido de su obediencia. Es en este momento de la comprensión del significado de un saber obediente cuando sale a la luz la contradicción. El deseo de conocer puede, en un primer paso, intentar que el consuelo aportado por la teología se convierta en certeza «matemáticamente demostrada», lo que es imposible”.
“Si la razón es invocada para aseverar las certezas teológicas, éstas quedan bajo el dominio de aquélla y, en este caso, la teología extrae su claridad de la pura luz de la razón, y no ya de los misterios de la revelación, que son su fuente y garantía. Si, al contrario, la razón es invocada sólo para auxiliar a la teología en la tarea de persuadir a los infieles, no merece la menor confianza, pues, o el Espíritu Santo se deja reconocer por sus propias obras, o no hay como convencer a un infiel de que aquello que ve y siente es obra del Espíritu Santo y no de la razón. A menos que sea para satisfacer un insaciable deseo de poder, nada explica el intento de la teología de usar la razón” (De “Política en Spinoza”-Editorial Gorla-Buenos Aires 2004).
Gustavo Santiago indica el planteo que se desprende de la Ética de Spinoza: “Partiendo, entonces, de condiciones reales, según las cuales la mayoría de los hombres no vive bajo la guía de la razón, ¿Cuál será la mejor forma política para el cultivo de comunidades? Por un lado, aquella que favorezca las posibilidades de encuentro de hombres libres, que no ponga obstáculos para la vida en amistad, que no ataque a quienes quieran unir su potencia para un logro común. Por otro lado, la que ponga freno con la menor violencia posible a aquellos que resulten peligrosos para quienes buscan el bien común. Esa forma de gobierno es la democracia”.
Por otra parte, Spinoza escribió: “El fin del Estado no consiste en transformar a los hombres de seres racionales en animales o autómatas, sino más bien en hacer que su espíritu y su cuerpo puedan desarrollar sus fuerzas sin trabas, para que usen libremente de su razón y para que no se combatan con cólera, odio o astucia, ni se sientan enemigos entre sí. El fin del Estado es, en realidad, la libertad” (Del “Tratado Teológico Político”).
Existe un principio implícito en la vida de los hombres que establece que aquello que mucho apreciamos, mucho trabajo requiere para su logro; por lo que Spinoza escribió: “He terminado aquí lo que quería establecer concerniente a la potencia del alma sobre sus afecciones y a la libertad del alma. Si el camino que he demostrado que conduce a la verdadera felicidad parece arduo, no por eso debemos dejar de entrar en él. Ciertamente, tiene que ser arduo lo que se encuentra con tan poca frecuencia. ¿Sería posible, si la salvación estuviera en nuestra mano y se pudiera conseguir sin mucho esfuerzo, que fuese desdeñada por casi todos? Pero todo lo que es hermoso es tan difícil como raro”.
Los recientes atentados terroristas en Francia vuelven a mostrar que la religión que rechaza tanto el razonamiento como las evidencias experimentales que surgen de las ciencias sociales, no debe considerarse como una “religión” por cuanto no une a los adeptos, sino que destruye todo atisbo de comunidad y civilización. Se olvida que toda religión ha de tener una implicancia ética y que si a esa implicancia se llega por caminos simples, no se debe a éstos rechazar, a menos que la formación de una comunidad humana no tenga valor alguno para quienes entonces la “religión” es solamente un medio para crear discordia y beneficiarse de ella de alguna forma.
Desde algunos sectores católicos se observa con cierto desprecio la religión natural, ya que, al carecer ésta de revelación, y al sustentarse en la experiencia y en la razón, se opone aparentemente a la religión tradicional. Sin embargo, resulta ser la única alternativa posible que elimina los justificativos que llevan a los conflictos interreligiosos permitiendo que el hombre se oriente definitivamente en la dirección que el propio orden natural nos impone. La evidencia de tal necesidad puede incluso observarse en la propia Iglesia Católica en donde un influyente sector ha llegado a reemplazar al cristianismo por el marxismo, con la simple jugarreta de ocultar bajo el nombre de Dios una de las ideologías más nefastas que ha padecido la humanidad, como es el marxismo-leninismo; esta vez bajo el engañoso nombre de Teología de la Liberación.
Jesuitas; ignacistas vs. liberacionistas
Como ocurre frecuentemente en distintas instituciones religiosas, dentro de la Compañía de Jesús, la congregación fundada por San Ignacio de Loyola, ha surgido una división interna en la que se distinguen los adherentes a la tradición, los ignacistas o cristianos, por una parte, y los partidarios de la Teología de la Liberación, los liberacionistas o marxistas. Esta división surge luego de la desobediencia a una orden papal, hace algunas décadas, de enfrentar al marxismo, de manera de evitar su expansión. Sin embargo, varios jesuitas terminan adhiriendo a dicha ideología, mientras que los demás permanecen en el cristianismo. Ricardo de la Cierva escribió: “Una de las muestras más sorprendentes de la crisis en que se ha sumergido durante la segunda mitad de este siglo [el XX] la Compañía de Jesús es la negación de su propia identidad. Por su fundación, sus Constituciones y su práctica permanente durante cuatro siglos y medio la opción preferencial (como dicen con frase más bien cursi) de la orden ignaciana ha sido la obediencia esencial al Papa para las misiones que él quiere encomendarles. Pues bien desde la malhadada Congregación General 32 en 1974 cambiaron la finalidad básica y se orientaron a la «opción preferencial por los pobres» que ellos expresaron, tergiversando el mandato expreso de Pablo VI en 1965, como «servicio de fe y promoción de la justicia»”.
“Este cambio revolucionario (en todos los sentidos del término) no podían realizarlo más que con la pérdida de su propia identidad. Pues bien, en 1991 la revista más importante de los jesuitas en España, que durante décadas sirvió como referencia segura a los católicos y hoy está hecha unos zorros, sin prestigio ni capacidad orientadora, publica un artículo inconcebible: ‘Jesuitas: lo que no son’ cuyos subtítulos lo dicen todo: «San Ignacio de Loyola no fue un soldado; la Compañía de Jesús no es una milicia; los jesuitas no son un bastión antiprotestante» (Razón y Fe. Tomo 223/Enero 1991). El anónimo autor del dislate debe conocer mucho mejor las vidas de Marx y de Lucero que la de su fundador; que fue un soldado de España y un soldado de Dios; que imprimió a su Orden un inequívoco carácter militar en los Ejercicios; que formó con su red de colegios el límite y la barrera contra el protestantismo en Europa. Uno lee el texto del disparate y se queda estupefacto. Si una Orden histórica se niega a sí misma ¿qué podemos pensar los demás? Podría recordarle al original intérprete los textos ignacianos, papales y de toda la tradición de los jesuitas hasta muy dentro del siglo XX pero ¿cómo convencer de quien es a quien niega lo que es? Pobre revista, ni razón ni fe”.
Para el marxista, y para los jesuitas liberacionistas, los pobres constituyen una especie de casta cerrada, como en la India, de la cual no podrán salir sin la llegada del socialismo. Por el contrario, los liberales poco hablan de los pobres teniendo presente la movilidad social existente en las sociedades con economías de mercado. En ese ámbito, un gran porcentaje de la clase pobre y de la clase media, dispone del apoyo familiar en cuanto a techo y comida, que no es poco, y de ahí comienzan a elaborar su futuro mediante el estudio y el trabajo. Existe también un porcentaje de adolescentes que no estudia ni trabaja, o que va a la escuela a aprender lo mínimo posible y a entorpecer la labor de los docentes, ya que aspiran, consciente o inconscientemente, a que finalmente el Estado benefactor, a cambio de un voto favorable, lo mantenga a costa de la gente que trabaja, tanto a él como a su futura familia, o bien le otorgue un trabajo en el Estado en donde la principal preocupación sea la de cumplir un horario.
En cuanto a la desobediencia mencionada, el citado autor escribió: “Por primera vez en su historia, un gran sector de la Compañía de Jesús, dubitativa e insuficientemente guiada por el General que iban a elegir tras ese solemne encargo, desobedeció al Papa, violó el cuarto voto que el Papa acababa de recordarles y en vez de oponerse en combate con el ateísmo «que usa armas con el propósito de arrancar de las almas todo sentimiento religioso», es decir, con el marxismo-leninismo, única doctrina práctica que corresponde a esa definición, este sector dominante de la Compañía de Jesús convirtió la confrontación en diálogo complaciente, asumió decisivas posiciones teóricas y estratégicas de ese ateísmo y concertó de hecho con él una inconcebible alianza. Los Papas, a partir del mismo Pablo VI, reconocieron este hecho, clamaron contra él y tomaron durísimas medidas para intervenir en ese concierto discordante, en ese escuadrón desmandado”.
“Poco después, en diciembre de 1965, el padre Arrupe reconocía en una larga entrevista «la misión que nos ha confiado el Papa». Y cinco años más tarde se vería obligado a confesar su atroz fracaso: «Cometí un tremendo error por mi falta de experiencia en Occidente». Un jesuita americano, al que siguieron muchos, el padre A.D. Forsthorfel, quiso justificar lo injustificable y plasmó la tergiversación del mandato papal al escribir que, como raíz del ateismo es la injusticia –citando por cierto a Karl Marx como autoridad suprema-; los jesuitas, al dedicarse a la «justicia social» (debería decir a la política de izquierda revolucionaria) estaban cumpliendo expresamente el mandato de Pablo VI. Es el colmo del cinismo. Lo que estaban haciendo es tergiversarlo y prostituirlo; y el propio Papa se iba a encargar de explicárselo así de claro en 1974” (De “Las puertas del infierno”-Madrid 1996).
Respecto a la interpretación del marxismo por parte de los liberacionistas, el citado autor escribió: “Los movimientos cristianos de liberación, como ya sabemos, tratan de aplicar los principios fundamentales del marxismo no solamente al análisis de la realidad social sino sobre todo a la praxis revolucionaria, mediante lo que ha llamado insistentemente Fidel Castro alianza estratégica de cristianos y marxistas. La teología de la liberación en concreto es una simbiosis de teología progresista europea y de doctrina fundamental marxista, en relación con un proyecto social, político y estratégico para el Tercer Mundo, especialmente e inicialmente en Iberoamérica”.
La teología de la liberación encuentra su mejor expresión con el sacerdote Gustavo Gutiérrez. Al respecto, Ricardo de la Cierva escribió: “Junto a su vinculación a la teología progresista centroeuropea, Gutiérrez recalca su todavía más profunda vinculación con el marxismo. En efecto, en la misma página vuelve a definir a la Teología como «reflexión crítica de la praxis histórica a la luz de las palabra» y que no se hace solamente para «pensar el mundo» sino para transformarlo, según la famosa tesis marxista sobre Feuerbach. Inmediatamente después Gutiérrez asume la teoría marxista del hombre nuevo y el hombre total y en el importante contexto –una de las claves de su libro- sobre el proceso de liberación, en medio de la crítica al desarrollismo, Gutiérrez proclama la necesidad de una revolución social que rompa con la dependencia en un texto –y, como decimos, un contexto- típicamente marxista: «Únicamente una quiebra radical del presente estado de cosas, una transformación profunda del sistema de propiedad, el acceso al poder de la clase explotada, una revolución social que rompa con la dependencia, puede permitir el paso a una sociedad distinta, a una sociedad socialista»”.
“Casi inmediatamente propone a Marx como ejemplo del «análisis científico de la sociedad humana» para proclamar a renglón seguido –y dentro de otro contexto decisivo, sobre el hombre como agente de su propio destino- otra tesis claramente marxista: «Teoría abierta esta ciencia –la ciencia de la Historia según Marx- contribuye a que el hombre dé un paso más en la senda del conocimiento crítico, al hacerlo más consciente de los condicionamientos socioeconómicos de sus creaciones ideológicas, y por tanto más libre y lúcido frente a ellas. Pero al mismo tiempo le permite –si deja atrás toda interpretación dogmática y mecanicista de la Historia- un mayor dominio y racionalidad de su iniciativa histórica. Iniciativa que debe asegurar el paso del modelo de producción capitalista al modo de producción socialista, es decir, que debe orientarse hacia una sociedad en que, dominada la Naturaleza, creadas las condiciones de una producción socializada de la riqueza, suprimida la apropiación privada de la plusvalía, establecido el socialismo, el hombre pueda comenzar a vivir libre y humanitariamente» (pág.58)”.
“En este texto insinúa Gutiérrez algo gravísimo. Habla, en terminología y concepto marxista, de hacer al hombre «más consciente de los condicionamientos socioeconómicos de sus creaciones ideológicas». ¿No advierte Gutiérrez que el principal condicionamiento de esa clase es precisamente la alienación en virtud de la cual el propio Dios y la religión que une el hombre a Dios son calificados por Marx como falsos, lo cual supondría, en su aplicación, un desliz intolerable y absurdo para un teólogo, por muy liberador que sea? No contento con apoyarse en Marx, Gutiérrez admite una aportación del filósofo marxista Marcuse en el mismo contexto. Y cierra esta importante sección de su libro con la identificación de la liberación y el conflicto de clases y pueblos, una tesis marxista-leninista esencial” (De “Oscura rebelión en la Iglesia”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1987).
Entre los ideólogos marxistas que promovían en jóvenes y adolescentes la adhesión a la lucha armada, se encontraban algunos “sacerdotes”. Los autores intelectuales constituían el primer eslabón en la secuencia de la violencia. Eran doblemente criminales porque inducían a los jóvenes a matar policías, militares y “burgueses”, mientras que, luego de la reacción de éstos, caían los propios terroristas. Siempre se pone como pantalla la “opción por los pobres” como si alguien que tiene un enorme desprecio por la vida humana pudiese tener tanta sensibilidad como para conmoverse por la pobreza de algunos. En realidad, tales ideólogos eran simples psicópatas sociales que jamás mostraron algún tipo de arrepentimiento ni la Compañía de Jesús asumió la responsabilidad que le corresponde como formadora de tales personajes. Algunos autores consideran que el nazi era menos peligroso que el marxista por cuanto exponía sus aberrantes proyectos abiertamente. En forma similar, puede decirse que el marxista disfrazado de sacerdote cristiano resulta aun más peligroso. Marta Diana escribió:
“Juan Antonio Puigjané fue uno de los creadores del movimiento político Todos por la Patria y animador del mismo. Su certeza es que la fe no puede estar separada de la política, incluso partidaria”. “El 23 de Enero de 1989 acontece el golpe al regimiento militar de La Tablada por un grupo de Todos por la Patria”. “Como consecuencia de ese ataque, donde fueron fusilados varios de sus compañeros y amigos, Antonio se presenta libremente ante la justicia para declarar que él es parte de ese movimiento. Inmediatamente lo encarcelan y luego lo condenan a veinte años de prisión, no por pruebas, sino por «indicios», porque siendo sacerdote, seguramente fue el ideólogo e inspirador de ese golpe…” (De “Buscando el Reino”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2013).
Existen indicios de que el Papa Francisco ha aceptado de buen grado a sacerdotes que siguen la tendencia liberacionista, en puestos importantes de la Iglesia. De esa forma, la “oscura rebelión en la Iglesia” habría de transformarse en el “copamiento de la Iglesia por los seguidores del Anticristo”, algo lamentable para el futuro de Occidente y de la humanidad.
“Este cambio revolucionario (en todos los sentidos del término) no podían realizarlo más que con la pérdida de su propia identidad. Pues bien, en 1991 la revista más importante de los jesuitas en España, que durante décadas sirvió como referencia segura a los católicos y hoy está hecha unos zorros, sin prestigio ni capacidad orientadora, publica un artículo inconcebible: ‘Jesuitas: lo que no son’ cuyos subtítulos lo dicen todo: «San Ignacio de Loyola no fue un soldado; la Compañía de Jesús no es una milicia; los jesuitas no son un bastión antiprotestante» (Razón y Fe. Tomo 223/Enero 1991). El anónimo autor del dislate debe conocer mucho mejor las vidas de Marx y de Lucero que la de su fundador; que fue un soldado de España y un soldado de Dios; que imprimió a su Orden un inequívoco carácter militar en los Ejercicios; que formó con su red de colegios el límite y la barrera contra el protestantismo en Europa. Uno lee el texto del disparate y se queda estupefacto. Si una Orden histórica se niega a sí misma ¿qué podemos pensar los demás? Podría recordarle al original intérprete los textos ignacianos, papales y de toda la tradición de los jesuitas hasta muy dentro del siglo XX pero ¿cómo convencer de quien es a quien niega lo que es? Pobre revista, ni razón ni fe”.
Para el marxista, y para los jesuitas liberacionistas, los pobres constituyen una especie de casta cerrada, como en la India, de la cual no podrán salir sin la llegada del socialismo. Por el contrario, los liberales poco hablan de los pobres teniendo presente la movilidad social existente en las sociedades con economías de mercado. En ese ámbito, un gran porcentaje de la clase pobre y de la clase media, dispone del apoyo familiar en cuanto a techo y comida, que no es poco, y de ahí comienzan a elaborar su futuro mediante el estudio y el trabajo. Existe también un porcentaje de adolescentes que no estudia ni trabaja, o que va a la escuela a aprender lo mínimo posible y a entorpecer la labor de los docentes, ya que aspiran, consciente o inconscientemente, a que finalmente el Estado benefactor, a cambio de un voto favorable, lo mantenga a costa de la gente que trabaja, tanto a él como a su futura familia, o bien le otorgue un trabajo en el Estado en donde la principal preocupación sea la de cumplir un horario.
En cuanto a la desobediencia mencionada, el citado autor escribió: “Por primera vez en su historia, un gran sector de la Compañía de Jesús, dubitativa e insuficientemente guiada por el General que iban a elegir tras ese solemne encargo, desobedeció al Papa, violó el cuarto voto que el Papa acababa de recordarles y en vez de oponerse en combate con el ateísmo «que usa armas con el propósito de arrancar de las almas todo sentimiento religioso», es decir, con el marxismo-leninismo, única doctrina práctica que corresponde a esa definición, este sector dominante de la Compañía de Jesús convirtió la confrontación en diálogo complaciente, asumió decisivas posiciones teóricas y estratégicas de ese ateísmo y concertó de hecho con él una inconcebible alianza. Los Papas, a partir del mismo Pablo VI, reconocieron este hecho, clamaron contra él y tomaron durísimas medidas para intervenir en ese concierto discordante, en ese escuadrón desmandado”.
“Poco después, en diciembre de 1965, el padre Arrupe reconocía en una larga entrevista «la misión que nos ha confiado el Papa». Y cinco años más tarde se vería obligado a confesar su atroz fracaso: «Cometí un tremendo error por mi falta de experiencia en Occidente». Un jesuita americano, al que siguieron muchos, el padre A.D. Forsthorfel, quiso justificar lo injustificable y plasmó la tergiversación del mandato papal al escribir que, como raíz del ateismo es la injusticia –citando por cierto a Karl Marx como autoridad suprema-; los jesuitas, al dedicarse a la «justicia social» (debería decir a la política de izquierda revolucionaria) estaban cumpliendo expresamente el mandato de Pablo VI. Es el colmo del cinismo. Lo que estaban haciendo es tergiversarlo y prostituirlo; y el propio Papa se iba a encargar de explicárselo así de claro en 1974” (De “Las puertas del infierno”-Madrid 1996).
Respecto a la interpretación del marxismo por parte de los liberacionistas, el citado autor escribió: “Los movimientos cristianos de liberación, como ya sabemos, tratan de aplicar los principios fundamentales del marxismo no solamente al análisis de la realidad social sino sobre todo a la praxis revolucionaria, mediante lo que ha llamado insistentemente Fidel Castro alianza estratégica de cristianos y marxistas. La teología de la liberación en concreto es una simbiosis de teología progresista europea y de doctrina fundamental marxista, en relación con un proyecto social, político y estratégico para el Tercer Mundo, especialmente e inicialmente en Iberoamérica”.
La teología de la liberación encuentra su mejor expresión con el sacerdote Gustavo Gutiérrez. Al respecto, Ricardo de la Cierva escribió: “Junto a su vinculación a la teología progresista centroeuropea, Gutiérrez recalca su todavía más profunda vinculación con el marxismo. En efecto, en la misma página vuelve a definir a la Teología como «reflexión crítica de la praxis histórica a la luz de las palabra» y que no se hace solamente para «pensar el mundo» sino para transformarlo, según la famosa tesis marxista sobre Feuerbach. Inmediatamente después Gutiérrez asume la teoría marxista del hombre nuevo y el hombre total y en el importante contexto –una de las claves de su libro- sobre el proceso de liberación, en medio de la crítica al desarrollismo, Gutiérrez proclama la necesidad de una revolución social que rompa con la dependencia en un texto –y, como decimos, un contexto- típicamente marxista: «Únicamente una quiebra radical del presente estado de cosas, una transformación profunda del sistema de propiedad, el acceso al poder de la clase explotada, una revolución social que rompa con la dependencia, puede permitir el paso a una sociedad distinta, a una sociedad socialista»”.
“Casi inmediatamente propone a Marx como ejemplo del «análisis científico de la sociedad humana» para proclamar a renglón seguido –y dentro de otro contexto decisivo, sobre el hombre como agente de su propio destino- otra tesis claramente marxista: «Teoría abierta esta ciencia –la ciencia de la Historia según Marx- contribuye a que el hombre dé un paso más en la senda del conocimiento crítico, al hacerlo más consciente de los condicionamientos socioeconómicos de sus creaciones ideológicas, y por tanto más libre y lúcido frente a ellas. Pero al mismo tiempo le permite –si deja atrás toda interpretación dogmática y mecanicista de la Historia- un mayor dominio y racionalidad de su iniciativa histórica. Iniciativa que debe asegurar el paso del modelo de producción capitalista al modo de producción socialista, es decir, que debe orientarse hacia una sociedad en que, dominada la Naturaleza, creadas las condiciones de una producción socializada de la riqueza, suprimida la apropiación privada de la plusvalía, establecido el socialismo, el hombre pueda comenzar a vivir libre y humanitariamente» (pág.58)”.
“En este texto insinúa Gutiérrez algo gravísimo. Habla, en terminología y concepto marxista, de hacer al hombre «más consciente de los condicionamientos socioeconómicos de sus creaciones ideológicas». ¿No advierte Gutiérrez que el principal condicionamiento de esa clase es precisamente la alienación en virtud de la cual el propio Dios y la religión que une el hombre a Dios son calificados por Marx como falsos, lo cual supondría, en su aplicación, un desliz intolerable y absurdo para un teólogo, por muy liberador que sea? No contento con apoyarse en Marx, Gutiérrez admite una aportación del filósofo marxista Marcuse en el mismo contexto. Y cierra esta importante sección de su libro con la identificación de la liberación y el conflicto de clases y pueblos, una tesis marxista-leninista esencial” (De “Oscura rebelión en la Iglesia”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1987).
Entre los ideólogos marxistas que promovían en jóvenes y adolescentes la adhesión a la lucha armada, se encontraban algunos “sacerdotes”. Los autores intelectuales constituían el primer eslabón en la secuencia de la violencia. Eran doblemente criminales porque inducían a los jóvenes a matar policías, militares y “burgueses”, mientras que, luego de la reacción de éstos, caían los propios terroristas. Siempre se pone como pantalla la “opción por los pobres” como si alguien que tiene un enorme desprecio por la vida humana pudiese tener tanta sensibilidad como para conmoverse por la pobreza de algunos. En realidad, tales ideólogos eran simples psicópatas sociales que jamás mostraron algún tipo de arrepentimiento ni la Compañía de Jesús asumió la responsabilidad que le corresponde como formadora de tales personajes. Algunos autores consideran que el nazi era menos peligroso que el marxista por cuanto exponía sus aberrantes proyectos abiertamente. En forma similar, puede decirse que el marxista disfrazado de sacerdote cristiano resulta aun más peligroso. Marta Diana escribió:
“Juan Antonio Puigjané fue uno de los creadores del movimiento político Todos por la Patria y animador del mismo. Su certeza es que la fe no puede estar separada de la política, incluso partidaria”. “El 23 de Enero de 1989 acontece el golpe al regimiento militar de La Tablada por un grupo de Todos por la Patria”. “Como consecuencia de ese ataque, donde fueron fusilados varios de sus compañeros y amigos, Antonio se presenta libremente ante la justicia para declarar que él es parte de ese movimiento. Inmediatamente lo encarcelan y luego lo condenan a veinte años de prisión, no por pruebas, sino por «indicios», porque siendo sacerdote, seguramente fue el ideólogo e inspirador de ese golpe…” (De “Buscando el Reino”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2013).
Existen indicios de que el Papa Francisco ha aceptado de buen grado a sacerdotes que siguen la tendencia liberacionista, en puestos importantes de la Iglesia. De esa forma, la “oscura rebelión en la Iglesia” habría de transformarse en el “copamiento de la Iglesia por los seguidores del Anticristo”, algo lamentable para el futuro de Occidente y de la humanidad.
El anticapitalismo clerical
La elección del sistema económico adoptado por una sociedad es un caso similar al del automovilista que llega a una bifurcación con dos alternativas posibles, debiendo optar por una de ellas. A la derecha tiene la posibilidad del mercado (economía capitalista); a la izquierda la planificación económica estatal (socialismo), o bien su variante más benigna (intervencionismo estatal). No existen otras alternativas, sino distintas posibilidades conformadas por diversos porcentajes de ambos sistemas, con la condición de que la reducción de capitalismo implica aumento de socialismo, y viceversa, que puede simbolizarse como:
x (Capitalismo) + y (Socialismo) = 1
En donde x e y son números comprendidos entre 0 y 1, cuya suma ha de dar 1. De esta manera, cuando el Estado no interfiere al proceso del mercado, se trata de una economía capitalista pura, o de mercado. Por el contrario, cuando la economía se planifica desde el Estado, y son prohibidos los intercambios fuera de su ámbito, se trata de una economía socialista pura. Por lo general, las economías reales son mixtas, con distintos porcentajes regidos por la igualdad mencionada.
Debe advertirse que, si en un país, las empresas estatales se rigen por las leyes del mercado, puede decirse que se trata de una economía de mercado. Por el contrario, si las empresas estatales son subvencionadas, cubriendo el Estado sus posibles pérdidas, se trata de una economía intervenida. Adviértase que, si en un momento dado, tal Estado expropia diez empresas privadas, la reducción porcentual del sector regido por el mercado es el mismo porcentaje de incremento del sector intervenido. De ahí que quienes claman por la reducción o eliminación de la economía capitalista, o de mercado, aunque no lo mencionen, están clamando también por un aumento de la economía socialista.
Otro ejemplo, si un gobierno decide congelar el precio de los alquileres de viviendas, anulando el libre intercambio entre propietarios e inquilinos, ha reducido parcialmente el libre mercado en la misma medida en que ha incrementado el intervencionismo.
Respecto de la economía de mercado, o capitalista, puede decirse que se basa en el ahorro por el cual el individuo opta por sacrificar parte del consumo del presente previendo una utilización futura. El ahorro, cuando se convierte en inversión productiva (capital), produce crecimiento económico. Por otra parte, cuando dos personas intercambian libremente el producto de su trabajo, ya sean bienes o servicios, a través del dinero, establecen un intercambio que beneficia a ambas partes, de lo contrario una de ellas hubiese optado por no realizarlo.
Este tipo de economía, que apunta al trabajo, al ahorro productivo y al intercambio que beneficia a ambas partes, resulta compatible con la ética cristiana. Sin embargo, cuando la conducta del hombre se desvía bastante de dicha ética, el sistema económico tiende a distorsionarse. Leonardo Boff escribió: “Puebla denuncia el sistema capitalista como sistema de pecado, debido principalmente al cual cuajan en el continente latinoamericano «estructuras de pecado» y «surge así un conflicto estructural grave: la riqueza creciente de unos pocos sigue paralela a la creciente miseria de las masas». Este sistema crea sus coyunturas económicas y políticas conflictivas: represión sindical y política, regimenes de seguridad nacional, crisis sociales, etc. Los acontecimientos políticos que leemos en los diarios son concreciones de semejante trasfondo. Las personas que adoptan como proyecto de vida social este sistema que de suyo es excluyente, acumulador de riqueza y de los beneficios en pocas manos y con escasa responsabilidad social, pasando de tal modo a ser agentes mantenedores del sistema y participando de su iniquidad. Así se establece el circuito del mal” (De “El padrenuestro”-Ediciones Paulinas-Buenos Aires 1986).
Al atribuirse al capitalismo cierta pecaminosidad intrínseca, se apoya tácitamente una economía socialista que anula los libres intercambios y la propiedad privada de los medios de producción, quedando toda actividad productiva supeditada a la planificación estatal. En realidad, cabe la duda acerca de cuáles acciones de la economía de mercado son pecaminosas; si es el trabajo individual, el ahorro productivo o el libre intercambio. El Papa Pablo VI dijo: “¿Quién se atrevería a sostener que el fenómeno sociológico, derivado de la organización moderna del trabajo es un fenómeno de perfección, de equilibrio y de tranquilidad? ¿No es verdad precisamente lo contrario? ¿No lo demuestra nuestra historia de forma evidente? ¿No sois vosotros mismos quienes experimentáis ese decepcionante resultado de vuestro esfuerzo, la aversión, queremos decir, que surge contra vosotros precisamente de parte de aquellos hombres a quienes habéis ofrecido vuestras nuevas formas de trabajo? Vuestras empresas, fruto maravilloso de vuestros esfuerzos, ¿no son acaso para vosotros fuente de disgustos y conflictos? Las estructuras técnicas y administrativas funcionan perfectamente, las estructuras humanas todavía no. La empresa, que es por su propia exigencia constitucional, una colaboración, un acuerdo, una armonía, ¿no es todavía hoy un choque de espíritus y de intereses? ¿No se la considera a veces como base de acusación contra quien la ha constituido, la dirige y la administra? ¿No se dice de vosotros que sois los capitalistas y los únicos culpables? ¿No sois con frecuencia el blanco de la dialéctica social? Ha de tener algún vicio profundo, una radical insuficiencia, este sistema, cuando desde sus comienzos cuenta con semejantes reacciones sociales”.
“Es verdad que quien hoy habla, como tantos hacen, del capitalismo, con los conceptos que lo han definido en el siglo pasado, da pruebas de estar retrasado con respecto a la realidad de las cosas; pero es un hecho que el sistema económico-social nacido del liberalismo manchesteriano y que todavía perdura en la unilateralidad de la propiedad de los medios de producción, y de la economía orientada al prevalerte beneficio privado, no es la perfección, no es la paz, no es la justicia, puesto que todavía divide a los hombres en clases irreductiblemente opuestas y caracteriza a la sociedad por disensiones profundas y desgarradoras que la atormentan, apenas reprimidas por la legislación y por la tregua momentánea de algún comprimido en la lucha sistemática e implacable que habría de llevarla al dominio de una clase sobre la otra” (Citado en “Comunión y participación”-Centro de Investigación y orientación social-Editorial Guadalupe-Buenos Aires 1982).
Puede decirse que el problema ético no debe ser resuelto por los economistas, sino por la religión, las ciencias sociales o la filosofía. Si la Iglesia fracasó al predicar el cristianismo, no debiera luego culpar al “sistema económico” por el accionar de sus fieles. Además, si en una economía subdesarrollada hay muy pocos empresarios, porque la mayoría prefiere el empleo en relación de dependencia, el empleo en el Estado, o bien ser mantenidos por el resto de la sociedad, inevitablemente se producirá una desigualdad económica y social en la que una minoría dispondrá de mayores recursos que los demás. Pero la culpa por esa situación de subdesarrollo no debe atribuirse a los empresarios existentes, sino a los que renunciaron a serlo. Es un caso similar a culpar a los atletas olímpicos por no traer medallas suficientes en lugar de hacerlo con quienes ni siquiera practican algún deporte, y menos a nivel competitivo.
Bajo sistemas socialistas, en los que al individuo sólo se le permite obedecer al burócrata, la única alternativa que le queda, cuando su situación económica es mala, es refugiarse en el mercado, o economía libre, paralela o “ilegal”, es decir, ilegal según el criterio marxista, pero legal contemplando los derechos humanos naturales como es el voluntario intercambio de bienes realizados bajo la libre elección de lo que se ha de producir. Rubén Zorrilla escribió: “Con todas las coerciones que ejerció siempre el poder sobre el mercado, éste era, sin embargo, el espacio social donde las personas y los grupos marginales podían ser más libres de las cargas y restricciones que existían contra ellos. El mercado –aunque contrarrestado por factores políticos y culturales- tiende irresistiblemente a crear condiciones de igualdad práctica en los intercambios, pero no en las ganancias que originan”.
“Desde la antigüedad clásica…el incremento de los intercambios fuera del endogrupo, las crecientes intermediaciones, la aplicación de la neutralidad afectiva, la prescindencia de la religión, la impersonalidad, y el impulso de la individuación, todos elementos esenciales y dinámicos del mercado ampliado (aquel que excede el endogrupo) provocaron una virulenta reacción de la intelectualidad sacerdotal, los guerreros, la aristocracia y parte de la intelectualidad secular unida a ellos por servicios, intereses, o fuertes emociones, implantadas en el proceso de socialización. Los pobres, los marginales, los excluidos, en cambio, encontraron en el desarrollo del mercado y el vehículo del dinero, prácticamente el único medio, o el principal, para superar o compensar su minusvalía, o la terrible discriminación que sufrían, como lo demuestra la experiencia de los judíos y los extranjeros, entre otros grupos” (De “Sociedad de alta complejidad”-Grupo Editor Latinoamericano SRL-Buenos Aires 2005).
La incompatibilidad esencial de la postura de algunos sectores de la Iglesia y del nacionalismo católico, radica en que se oponen tanto al socialismo como al mercado, de la misma forma en que se oponen tanto al marxismo como al liberalismo, por lo cual deberían indagar un poco más acerca de los aspectos básicos del mercado. De ahí que el anticapitalismo junto al antisocialismo resulta ser una postura insostenible.
Otros sectores de la Iglesia, por el contrario, adoptan posturas abiertamente socialistas y marxistas, como es el caso de los partidarios de la Teología de la Liberación, que poco o nada tiene de cristiana si se tiene en cuenta tanto al Evangelio como al Manifiesto Comunista. Gustavo Gutiérrez escribió: “El proyecto histórico, la utopía de la liberación como creación de una nueva conciencia social, como apropiación social no sólo de los medios de producción sino también de la gestión política y en definitiva de la libertad, es el lugar propio de la revolución cultural, es decir, el de la creación permanente de un hombre nuevo en una sociedad distinta y solidaria. Por esta razón esa creación es el lugar de encuentro entre la liberación política y la comunión de todos los hombres con Dios”.
Ricardo de la Cierva comenta al respecto: “Apropiarse -¿desde dónde?- no sólo de los medios de producción sino «también de la gestión política y en definitiva de la libertad» no es sólo marxismo; es marxismo-leninismo concentrado y brutal”. “La obra principal de Gustavo Gutiérrez [Teología de la Liberación, perspectivas], promovida teórica y prácticamente por el sector liberacionista y socialista de la Compañía de Jesús en España y en América, no es un tratado de teología nueva sino una adaptación pseudo-teológica del marxismo clásico elemental con un barniz de teología política superado desde el propio marxismo” (De “Oscura rebelión en la Iglesia”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1987).
El apoyo a los sectores liberacionistas, por parte de la actual conducción del Vaticano, entraña un alejamiento de la Iglesia tanto del espíritu como de la letra de las Sagradas Escrituras y un simultáneo acercamiento al totalitarismo marxista.
x (Capitalismo) + y (Socialismo) = 1
En donde x e y son números comprendidos entre 0 y 1, cuya suma ha de dar 1. De esta manera, cuando el Estado no interfiere al proceso del mercado, se trata de una economía capitalista pura, o de mercado. Por el contrario, cuando la economía se planifica desde el Estado, y son prohibidos los intercambios fuera de su ámbito, se trata de una economía socialista pura. Por lo general, las economías reales son mixtas, con distintos porcentajes regidos por la igualdad mencionada.
Debe advertirse que, si en un país, las empresas estatales se rigen por las leyes del mercado, puede decirse que se trata de una economía de mercado. Por el contrario, si las empresas estatales son subvencionadas, cubriendo el Estado sus posibles pérdidas, se trata de una economía intervenida. Adviértase que, si en un momento dado, tal Estado expropia diez empresas privadas, la reducción porcentual del sector regido por el mercado es el mismo porcentaje de incremento del sector intervenido. De ahí que quienes claman por la reducción o eliminación de la economía capitalista, o de mercado, aunque no lo mencionen, están clamando también por un aumento de la economía socialista.
Otro ejemplo, si un gobierno decide congelar el precio de los alquileres de viviendas, anulando el libre intercambio entre propietarios e inquilinos, ha reducido parcialmente el libre mercado en la misma medida en que ha incrementado el intervencionismo.
Respecto de la economía de mercado, o capitalista, puede decirse que se basa en el ahorro por el cual el individuo opta por sacrificar parte del consumo del presente previendo una utilización futura. El ahorro, cuando se convierte en inversión productiva (capital), produce crecimiento económico. Por otra parte, cuando dos personas intercambian libremente el producto de su trabajo, ya sean bienes o servicios, a través del dinero, establecen un intercambio que beneficia a ambas partes, de lo contrario una de ellas hubiese optado por no realizarlo.
Este tipo de economía, que apunta al trabajo, al ahorro productivo y al intercambio que beneficia a ambas partes, resulta compatible con la ética cristiana. Sin embargo, cuando la conducta del hombre se desvía bastante de dicha ética, el sistema económico tiende a distorsionarse. Leonardo Boff escribió: “Puebla denuncia el sistema capitalista como sistema de pecado, debido principalmente al cual cuajan en el continente latinoamericano «estructuras de pecado» y «surge así un conflicto estructural grave: la riqueza creciente de unos pocos sigue paralela a la creciente miseria de las masas». Este sistema crea sus coyunturas económicas y políticas conflictivas: represión sindical y política, regimenes de seguridad nacional, crisis sociales, etc. Los acontecimientos políticos que leemos en los diarios son concreciones de semejante trasfondo. Las personas que adoptan como proyecto de vida social este sistema que de suyo es excluyente, acumulador de riqueza y de los beneficios en pocas manos y con escasa responsabilidad social, pasando de tal modo a ser agentes mantenedores del sistema y participando de su iniquidad. Así se establece el circuito del mal” (De “El padrenuestro”-Ediciones Paulinas-Buenos Aires 1986).
Al atribuirse al capitalismo cierta pecaminosidad intrínseca, se apoya tácitamente una economía socialista que anula los libres intercambios y la propiedad privada de los medios de producción, quedando toda actividad productiva supeditada a la planificación estatal. En realidad, cabe la duda acerca de cuáles acciones de la economía de mercado son pecaminosas; si es el trabajo individual, el ahorro productivo o el libre intercambio. El Papa Pablo VI dijo: “¿Quién se atrevería a sostener que el fenómeno sociológico, derivado de la organización moderna del trabajo es un fenómeno de perfección, de equilibrio y de tranquilidad? ¿No es verdad precisamente lo contrario? ¿No lo demuestra nuestra historia de forma evidente? ¿No sois vosotros mismos quienes experimentáis ese decepcionante resultado de vuestro esfuerzo, la aversión, queremos decir, que surge contra vosotros precisamente de parte de aquellos hombres a quienes habéis ofrecido vuestras nuevas formas de trabajo? Vuestras empresas, fruto maravilloso de vuestros esfuerzos, ¿no son acaso para vosotros fuente de disgustos y conflictos? Las estructuras técnicas y administrativas funcionan perfectamente, las estructuras humanas todavía no. La empresa, que es por su propia exigencia constitucional, una colaboración, un acuerdo, una armonía, ¿no es todavía hoy un choque de espíritus y de intereses? ¿No se la considera a veces como base de acusación contra quien la ha constituido, la dirige y la administra? ¿No se dice de vosotros que sois los capitalistas y los únicos culpables? ¿No sois con frecuencia el blanco de la dialéctica social? Ha de tener algún vicio profundo, una radical insuficiencia, este sistema, cuando desde sus comienzos cuenta con semejantes reacciones sociales”.
“Es verdad que quien hoy habla, como tantos hacen, del capitalismo, con los conceptos que lo han definido en el siglo pasado, da pruebas de estar retrasado con respecto a la realidad de las cosas; pero es un hecho que el sistema económico-social nacido del liberalismo manchesteriano y que todavía perdura en la unilateralidad de la propiedad de los medios de producción, y de la economía orientada al prevalerte beneficio privado, no es la perfección, no es la paz, no es la justicia, puesto que todavía divide a los hombres en clases irreductiblemente opuestas y caracteriza a la sociedad por disensiones profundas y desgarradoras que la atormentan, apenas reprimidas por la legislación y por la tregua momentánea de algún comprimido en la lucha sistemática e implacable que habría de llevarla al dominio de una clase sobre la otra” (Citado en “Comunión y participación”-Centro de Investigación y orientación social-Editorial Guadalupe-Buenos Aires 1982).
Puede decirse que el problema ético no debe ser resuelto por los economistas, sino por la religión, las ciencias sociales o la filosofía. Si la Iglesia fracasó al predicar el cristianismo, no debiera luego culpar al “sistema económico” por el accionar de sus fieles. Además, si en una economía subdesarrollada hay muy pocos empresarios, porque la mayoría prefiere el empleo en relación de dependencia, el empleo en el Estado, o bien ser mantenidos por el resto de la sociedad, inevitablemente se producirá una desigualdad económica y social en la que una minoría dispondrá de mayores recursos que los demás. Pero la culpa por esa situación de subdesarrollo no debe atribuirse a los empresarios existentes, sino a los que renunciaron a serlo. Es un caso similar a culpar a los atletas olímpicos por no traer medallas suficientes en lugar de hacerlo con quienes ni siquiera practican algún deporte, y menos a nivel competitivo.
Bajo sistemas socialistas, en los que al individuo sólo se le permite obedecer al burócrata, la única alternativa que le queda, cuando su situación económica es mala, es refugiarse en el mercado, o economía libre, paralela o “ilegal”, es decir, ilegal según el criterio marxista, pero legal contemplando los derechos humanos naturales como es el voluntario intercambio de bienes realizados bajo la libre elección de lo que se ha de producir. Rubén Zorrilla escribió: “Con todas las coerciones que ejerció siempre el poder sobre el mercado, éste era, sin embargo, el espacio social donde las personas y los grupos marginales podían ser más libres de las cargas y restricciones que existían contra ellos. El mercado –aunque contrarrestado por factores políticos y culturales- tiende irresistiblemente a crear condiciones de igualdad práctica en los intercambios, pero no en las ganancias que originan”.
“Desde la antigüedad clásica…el incremento de los intercambios fuera del endogrupo, las crecientes intermediaciones, la aplicación de la neutralidad afectiva, la prescindencia de la religión, la impersonalidad, y el impulso de la individuación, todos elementos esenciales y dinámicos del mercado ampliado (aquel que excede el endogrupo) provocaron una virulenta reacción de la intelectualidad sacerdotal, los guerreros, la aristocracia y parte de la intelectualidad secular unida a ellos por servicios, intereses, o fuertes emociones, implantadas en el proceso de socialización. Los pobres, los marginales, los excluidos, en cambio, encontraron en el desarrollo del mercado y el vehículo del dinero, prácticamente el único medio, o el principal, para superar o compensar su minusvalía, o la terrible discriminación que sufrían, como lo demuestra la experiencia de los judíos y los extranjeros, entre otros grupos” (De “Sociedad de alta complejidad”-Grupo Editor Latinoamericano SRL-Buenos Aires 2005).
La incompatibilidad esencial de la postura de algunos sectores de la Iglesia y del nacionalismo católico, radica en que se oponen tanto al socialismo como al mercado, de la misma forma en que se oponen tanto al marxismo como al liberalismo, por lo cual deberían indagar un poco más acerca de los aspectos básicos del mercado. De ahí que el anticapitalismo junto al antisocialismo resulta ser una postura insostenible.
Otros sectores de la Iglesia, por el contrario, adoptan posturas abiertamente socialistas y marxistas, como es el caso de los partidarios de la Teología de la Liberación, que poco o nada tiene de cristiana si se tiene en cuenta tanto al Evangelio como al Manifiesto Comunista. Gustavo Gutiérrez escribió: “El proyecto histórico, la utopía de la liberación como creación de una nueva conciencia social, como apropiación social no sólo de los medios de producción sino también de la gestión política y en definitiva de la libertad, es el lugar propio de la revolución cultural, es decir, el de la creación permanente de un hombre nuevo en una sociedad distinta y solidaria. Por esta razón esa creación es el lugar de encuentro entre la liberación política y la comunión de todos los hombres con Dios”.
Ricardo de la Cierva comenta al respecto: “Apropiarse -¿desde dónde?- no sólo de los medios de producción sino «también de la gestión política y en definitiva de la libertad» no es sólo marxismo; es marxismo-leninismo concentrado y brutal”. “La obra principal de Gustavo Gutiérrez [Teología de la Liberación, perspectivas], promovida teórica y prácticamente por el sector liberacionista y socialista de la Compañía de Jesús en España y en América, no es un tratado de teología nueva sino una adaptación pseudo-teológica del marxismo clásico elemental con un barniz de teología política superado desde el propio marxismo” (De “Oscura rebelión en la Iglesia”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1987).
El apoyo a los sectores liberacionistas, por parte de la actual conducción del Vaticano, entraña un alejamiento de la Iglesia tanto del espíritu como de la letra de las Sagradas Escrituras y un simultáneo acercamiento al totalitarismo marxista.
Lo sobrenatural y las ciencias sociales
En cuestiones de religión existe un problema insalvable, ya que lo que resulta accesible al creyente puede no serlo para quien razona sobre tales temas, ya que se considera que sobrenatural es aquello inaccesible a la razón, o a quienes no tienen fe suficiente. Quien esté habituado a razonar, tratando de encontrarle coherencia lógica a todo, se encuentra ante un muro infranqueable que lo separa de la religión tradicional e, incluso, de quienes suponen estar un escalón más arriba en la escala humana por tener acceso a lo sobrenatural. Miguel Ángel Fuentes escribió: “Conocemos de Dios no sólo su existencia sino sus atributos o cualidades, su esencia íntima (es un solo Dios en tres Personas distintas, es decir es Trinidad), conocemos su plan de salvación sobre los hombres (revelado en la Sagrada Escritura, particularmente en el Nuevo Testamento)”.
“Científicamente alguna de estas verdades no son alcanzables pues sobrepasan la capacidad de nuestro intelecto; estas verdades superiores a nuestra potencia natural son denominadas «misterios intrínsecamente sobrenaturales», y como tales sólo pueden ser conocidos por Dios y por aquél a quien Dios quiera manifestarlos (= revelarlos o des-velarlos). Tal es el caso del misterio de la Trinidad, del pecado original, de la Encarnación de Dios (Jesucristo) y su obra salvadora. La ciencia no puede alcanzarlas con su propio método, pues éste parte de las cosas naturales y con la fuerza que le da la sola razón humana natural. Pero estrictamente hablando la ciencia tampoco puede refutarlas ni contradecirlas puesto que precisamente por definición escapan a su campo”. “De este modo un científico no tiene autoridad para hablar de lo que no es su competencia” (De “Las verdades robadas”-Ediciones del Verbo Encarnado-San Rafael-Mendoza 2008).
La actitud del religioso que trata de prescindir de los científicos es similar a la del médico que trata de excluir a otros colegas ante los requerimientos de un enfermo. Si se siente tan confiado como para poder resolver los problemas que se le presentan, y los resuelve, entonces resulta aceptable su proceder. Pero, si no los resuelve, y muere su paciente, comete un grave error; por cuanto ha priorizado su orgullo personal sobre la vida del paciente, desvirtuando la ética profesional.
Si desde la religión sobrenatural se logra encauzar a la sociedad por el camino del bien, incluso terminando los conflictos entre religiones, pocas personas tendrán inconvenientes en concederle la supremacía reclamada. Si, por el contrario, sus difusores no aceptan ninguna crítica desde los ámbitos sociales “inferiores”, entonces la cuestión se agrava, ya que negarle a cualquier integrante de una sociedad que opine o critique a una actividad que tiene incidencia sobre su propio grupo social, implica adoptar una postura injustificada.
Cristo predicaba una actitud de humildad, que proviene de una previa predisposición afectiva. Por el contrario, varios de sus “seguidores” muestran cierta soberbia. Manuel M. Carreira Verez comenta las conclusiones de un libro escrito por un astrónomo: “Para el científico que ha vivido con la fe en el poder de la razón, el libro termina como una pesadilla. Ha escalado las montañas de la ignorancia; está a punto de conquistar la cima más elevada; cuando se remonta sobre la última roca, le saluda un grupo de teólogos que están sentados allí desde hace siglos” (De “El creyente ante la ciencia”-Cuadernos BAC-Madrid 1982).
El autor citado parece desconocer que los teólogos se equivocaron cuando combatieron a Galileo Galilei, por promover y difundir el sistema copernicano. Incluso en la actualidad se equivocan seriamente cuando la propia Iglesia Católica acepta o predica una Teología de la Liberación que tiene bastante más de marxista que de cristiana. En lugar de intentar que la gente adopte una actitud cooperativa hacia el prójimo, se preocupa en que crea en misterios sobrenaturales o termine adhiriendo a ideas que condujeron en el pasado a las peores catástrofes sociales de toda la historia.
La religión de mayor aceptación en el futuro, será posiblemente una enteramente compatible con la ciencia. De esa manera se podrá fundamentar la ética natural de una manera convincente. Lo que actualmente se considera sobrenatural, podrá interpretarse como la finalidad aparente del orden natural, o el sentido del universo, que, aunque resulte difícil de definir, no tiene un carácter inaccesible para el razonamiento normal. Miguel Ángel Fuentes escribió: “La religión natural es la que se conoce por las luces naturales de la razón y se funda en las relaciones necesarias entre el Creador y la criatura. Esta religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, porque ella dimana de la naturaleza de Dios y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y preceptos que el hombre puede conocer por la razón, aunque, de hecho, los haya conocido por la revelación: la existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad e inmortalidad del alma, los primeros principios de la ley natural, la existencia de una vida futura, sus recompensas o castigos”.
“La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho conocer al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer hombre verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la necesidad de la gracia para llegar a este fin sublime, la esperanza de un redentor, etc., y deberes positivos que cumplir, como el descanso del sábado, el ofrecimiento de sacrificios, etc.”.
Puede decirse que, mientras que la religión natural surge del hombre, como parte de los requerimientos que para nuestra supervivencia nos ha impuesto el orden natural, la religión sobrenatural se supone surgida de Dios. Desde un punto de vista económico, puede decirse que una de ellas está demás. Seguramente, la religión del futuro se limitará a orientar al individuo al cumplimiento de los mandamientos éticos; que son simples y elementales para comprender, pero no tanto para ponerlos en práctica. De ahí que se distinga entre el religioso teórico, que a veces se comporta como si Dios no existiera, del religioso práctico, que generalmente se comporta como si Dios existiese. Podemos hacer un esquema de ambas formas religiosas para intentar encontrar alguna equivalencia:
Religión natural (deísmo) = Hombre + Sociedad + Orden natural
Religión sobrenatural (teísmo) = Hombre + Sociedad + Dios personal
En psicología social se considera que la actitud es el vínculo existente entre el individuo y la sociedad. Justamente, el mandamiento del amor al prójimo sugiere la forma en que hemos de orientar nuestra actitud característica como una tendencia que dará sentido a nuestra vida. Como tal actitud puede definirse como una relación entre respuesta y estímulo (A = R/E), puede considerarse que nuestras acciones cotidianas están regidas por una ley natural elemental, además de las que rigen cada una de las partes constitutivas de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Luego, como todo lo existente está regido por alguna ley natural invariante, observamos el conjunto del orden natural como si se tratase de un hombre que responde de igual manera en iguales circunstancias, es decir, como si tuviese su propia actitud característica. De ahí provienen las formas humanas con que simbólicamente se personifica al orden natural y se lo designa con el nombre de Dios. Por ello el deísmo adopta la siguiente igualdad:
Universo = Dios = Naturaleza
Si intentamos encontrar alguna semejanza o concordancia con la postura teísta, cabe la siguiente pregunta: ¿está lo sobrenatural regido por leyes? Si se responde afirmativamente, entonces se trata de una postura equivalente a la anterior, y ello sucede cuando se supone que el Dios con atributos humanos tiene una personalidad definida por su propia actitud característica, respondiendo de igual manera en iguales circunstancias. Si se responde que el Dios del teísmo no tiene una actitud definida, entonces no se lo debe caracterizar como a un hombre, y si se responde que lo sobrenatural no está regido por leyes, entonces predomina el caos y ya no debe hablarse de un “orden” sobrenatural. De ahí la inconsistencia de la visión teísta, que puede expresarse mediante la siguiente igualdad:
Universo = Dios + Naturaleza
Si la evolución biológica ha conducido al hombre a disponer del razonamiento, para discernir entre lo que tiene coherencia lógica y lo que no lo tiene, no debemos dejarlo de lado. De todas formas, tal coherencia es un requisito necesario, aunque no suficiente, ya que se requiere una verificación posterior de tipo experimental, ya sea directa o indirecta.
La actitud sugerida por la religión natural, que surge del hombre, resulta equivalente a la sugerida por la religión sobrenatural o revelada, que surgiría de Dios. Aunque la idea de no disponer de alguien a quien invocar en “situaciones de emergencia” hace que a muchos le resulte poco atractiva. Sin embargo, recordemos que Cristo indicaba que lo que salva a los hombres no es una intervención directa de Dios, sino la propia fe. Además, nos advierte que “Dios sabe que os hace falta antes que se lo pidáis”.
Mientras que, para la religión moral, lo que le acontece a una persona depende principalmente de sus atributos éticos, para las religiones paganas depende principalmente de la interacción existente entre el Dios interviniente en los acontecimientos humanos y el adepto. De ahí que la religión natural sea una religión netamente moral mientras que la religión sobrenatural siempre está expuesta a una paganización encubierta, ya que poco sentido tiene “adorar al Dios verdadero” en lugar del “Dios pagano” si la actitud del creyente sigue siendo más o menos la misma.
No es de esperar mejoras significativas en la humanidad mientras la sociedad siga tomando como referencia las necesidades emocionales del envidioso para satisfacerlas mediante el socialismo, o bien tome como referencia las necesidades intelectuales del creyente en lo sobrenatural para satisfacer cierta superioridad social. Con el predominio futuro de la religión natural será posible el renacimiento de una religión estrictamente ética.
Cada religión se considera a sí misma como la verdadera, aunque es conveniente adoptar al propio orden natural como referencia para valorar las distintas aproximaciones, ya que se supone que la religión surge del propio hombre. Luego, el ateo absoluto es el que rechaza el orden natural, mientras que el hereje absoluto es el que trata de reemplazarla por una religión incompatible con dicho orden. De ahí que, desde este punto de vista, la religión sobrenatural puede ser vista como una herejía si se desconoce la ley de Dios o se trata de desplazarla a un lugar secundario.
“Científicamente alguna de estas verdades no son alcanzables pues sobrepasan la capacidad de nuestro intelecto; estas verdades superiores a nuestra potencia natural son denominadas «misterios intrínsecamente sobrenaturales», y como tales sólo pueden ser conocidos por Dios y por aquél a quien Dios quiera manifestarlos (= revelarlos o des-velarlos). Tal es el caso del misterio de la Trinidad, del pecado original, de la Encarnación de Dios (Jesucristo) y su obra salvadora. La ciencia no puede alcanzarlas con su propio método, pues éste parte de las cosas naturales y con la fuerza que le da la sola razón humana natural. Pero estrictamente hablando la ciencia tampoco puede refutarlas ni contradecirlas puesto que precisamente por definición escapan a su campo”. “De este modo un científico no tiene autoridad para hablar de lo que no es su competencia” (De “Las verdades robadas”-Ediciones del Verbo Encarnado-San Rafael-Mendoza 2008).
La actitud del religioso que trata de prescindir de los científicos es similar a la del médico que trata de excluir a otros colegas ante los requerimientos de un enfermo. Si se siente tan confiado como para poder resolver los problemas que se le presentan, y los resuelve, entonces resulta aceptable su proceder. Pero, si no los resuelve, y muere su paciente, comete un grave error; por cuanto ha priorizado su orgullo personal sobre la vida del paciente, desvirtuando la ética profesional.
Si desde la religión sobrenatural se logra encauzar a la sociedad por el camino del bien, incluso terminando los conflictos entre religiones, pocas personas tendrán inconvenientes en concederle la supremacía reclamada. Si, por el contrario, sus difusores no aceptan ninguna crítica desde los ámbitos sociales “inferiores”, entonces la cuestión se agrava, ya que negarle a cualquier integrante de una sociedad que opine o critique a una actividad que tiene incidencia sobre su propio grupo social, implica adoptar una postura injustificada.
Cristo predicaba una actitud de humildad, que proviene de una previa predisposición afectiva. Por el contrario, varios de sus “seguidores” muestran cierta soberbia. Manuel M. Carreira Verez comenta las conclusiones de un libro escrito por un astrónomo: “Para el científico que ha vivido con la fe en el poder de la razón, el libro termina como una pesadilla. Ha escalado las montañas de la ignorancia; está a punto de conquistar la cima más elevada; cuando se remonta sobre la última roca, le saluda un grupo de teólogos que están sentados allí desde hace siglos” (De “El creyente ante la ciencia”-Cuadernos BAC-Madrid 1982).
El autor citado parece desconocer que los teólogos se equivocaron cuando combatieron a Galileo Galilei, por promover y difundir el sistema copernicano. Incluso en la actualidad se equivocan seriamente cuando la propia Iglesia Católica acepta o predica una Teología de la Liberación que tiene bastante más de marxista que de cristiana. En lugar de intentar que la gente adopte una actitud cooperativa hacia el prójimo, se preocupa en que crea en misterios sobrenaturales o termine adhiriendo a ideas que condujeron en el pasado a las peores catástrofes sociales de toda la historia.
La religión de mayor aceptación en el futuro, será posiblemente una enteramente compatible con la ciencia. De esa manera se podrá fundamentar la ética natural de una manera convincente. Lo que actualmente se considera sobrenatural, podrá interpretarse como la finalidad aparente del orden natural, o el sentido del universo, que, aunque resulte difícil de definir, no tiene un carácter inaccesible para el razonamiento normal. Miguel Ángel Fuentes escribió: “La religión natural es la que se conoce por las luces naturales de la razón y se funda en las relaciones necesarias entre el Creador y la criatura. Esta religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, porque ella dimana de la naturaleza de Dios y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y preceptos que el hombre puede conocer por la razón, aunque, de hecho, los haya conocido por la revelación: la existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad e inmortalidad del alma, los primeros principios de la ley natural, la existencia de una vida futura, sus recompensas o castigos”.
“La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho conocer al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer hombre verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la necesidad de la gracia para llegar a este fin sublime, la esperanza de un redentor, etc., y deberes positivos que cumplir, como el descanso del sábado, el ofrecimiento de sacrificios, etc.”.
Puede decirse que, mientras que la religión natural surge del hombre, como parte de los requerimientos que para nuestra supervivencia nos ha impuesto el orden natural, la religión sobrenatural se supone surgida de Dios. Desde un punto de vista económico, puede decirse que una de ellas está demás. Seguramente, la religión del futuro se limitará a orientar al individuo al cumplimiento de los mandamientos éticos; que son simples y elementales para comprender, pero no tanto para ponerlos en práctica. De ahí que se distinga entre el religioso teórico, que a veces se comporta como si Dios no existiera, del religioso práctico, que generalmente se comporta como si Dios existiese. Podemos hacer un esquema de ambas formas religiosas para intentar encontrar alguna equivalencia:
Religión natural (deísmo) = Hombre + Sociedad + Orden natural
Religión sobrenatural (teísmo) = Hombre + Sociedad + Dios personal
En psicología social se considera que la actitud es el vínculo existente entre el individuo y la sociedad. Justamente, el mandamiento del amor al prójimo sugiere la forma en que hemos de orientar nuestra actitud característica como una tendencia que dará sentido a nuestra vida. Como tal actitud puede definirse como una relación entre respuesta y estímulo (A = R/E), puede considerarse que nuestras acciones cotidianas están regidas por una ley natural elemental, además de las que rigen cada una de las partes constitutivas de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Luego, como todo lo existente está regido por alguna ley natural invariante, observamos el conjunto del orden natural como si se tratase de un hombre que responde de igual manera en iguales circunstancias, es decir, como si tuviese su propia actitud característica. De ahí provienen las formas humanas con que simbólicamente se personifica al orden natural y se lo designa con el nombre de Dios. Por ello el deísmo adopta la siguiente igualdad:
Universo = Dios = Naturaleza
Si intentamos encontrar alguna semejanza o concordancia con la postura teísta, cabe la siguiente pregunta: ¿está lo sobrenatural regido por leyes? Si se responde afirmativamente, entonces se trata de una postura equivalente a la anterior, y ello sucede cuando se supone que el Dios con atributos humanos tiene una personalidad definida por su propia actitud característica, respondiendo de igual manera en iguales circunstancias. Si se responde que el Dios del teísmo no tiene una actitud definida, entonces no se lo debe caracterizar como a un hombre, y si se responde que lo sobrenatural no está regido por leyes, entonces predomina el caos y ya no debe hablarse de un “orden” sobrenatural. De ahí la inconsistencia de la visión teísta, que puede expresarse mediante la siguiente igualdad:
Universo = Dios + Naturaleza
Si la evolución biológica ha conducido al hombre a disponer del razonamiento, para discernir entre lo que tiene coherencia lógica y lo que no lo tiene, no debemos dejarlo de lado. De todas formas, tal coherencia es un requisito necesario, aunque no suficiente, ya que se requiere una verificación posterior de tipo experimental, ya sea directa o indirecta.
La actitud sugerida por la religión natural, que surge del hombre, resulta equivalente a la sugerida por la religión sobrenatural o revelada, que surgiría de Dios. Aunque la idea de no disponer de alguien a quien invocar en “situaciones de emergencia” hace que a muchos le resulte poco atractiva. Sin embargo, recordemos que Cristo indicaba que lo que salva a los hombres no es una intervención directa de Dios, sino la propia fe. Además, nos advierte que “Dios sabe que os hace falta antes que se lo pidáis”.
Mientras que, para la religión moral, lo que le acontece a una persona depende principalmente de sus atributos éticos, para las religiones paganas depende principalmente de la interacción existente entre el Dios interviniente en los acontecimientos humanos y el adepto. De ahí que la religión natural sea una religión netamente moral mientras que la religión sobrenatural siempre está expuesta a una paganización encubierta, ya que poco sentido tiene “adorar al Dios verdadero” en lugar del “Dios pagano” si la actitud del creyente sigue siendo más o menos la misma.
No es de esperar mejoras significativas en la humanidad mientras la sociedad siga tomando como referencia las necesidades emocionales del envidioso para satisfacerlas mediante el socialismo, o bien tome como referencia las necesidades intelectuales del creyente en lo sobrenatural para satisfacer cierta superioridad social. Con el predominio futuro de la religión natural será posible el renacimiento de una religión estrictamente ética.
Cada religión se considera a sí misma como la verdadera, aunque es conveniente adoptar al propio orden natural como referencia para valorar las distintas aproximaciones, ya que se supone que la religión surge del propio hombre. Luego, el ateo absoluto es el que rechaza el orden natural, mientras que el hereje absoluto es el que trata de reemplazarla por una religión incompatible con dicho orden. De ahí que, desde este punto de vista, la religión sobrenatural puede ser vista como una herejía si se desconoce la ley de Dios o se trata de desplazarla a un lugar secundario.
La Iglesia de la discriminación social
Ante la duda respecto de algunas posturas religiosas, y adoptando una actitud similar a la dominante en el ámbito de la ciencia experimental, Cristo aconsejaba: “Por sus frutos los conoceréis”. Ello implica que, aun cuando una ideología se revista de frases de elevada moralidad, lo que interesa es la efectividad, o no, cuando es puesta a prueba en la realidad social. Ésta también debe ser la actitud a adoptar ante la “teología de la liberación”, de cuyo ámbito surgieron varios de quienes participaron en acciones terroristas identificándose con guerrilleros marxistas, tratando de imponer un sistema totalitario similar al vigente en Cuba. Como resultado del sistema castrista, se observa una sociedad similar a una cárcel soviética, que sólo puede ser tomada como modelo por quienes sienten un profundo odio por el prójimo.
Los razonamientos subyacentes, tanto del marxismo como del clero tercermundista, puede sintetizarse en la siguiente afirmación: “Los pobres son virtuosos, mientras que los ricos no lo son. Los empresarios explotan a los pobres y son culpables por la opresión que les imponen, por lo cual es necesario liberarlos mediante un sistema económico y social justo e igualitario”. Se establece así una generalización que no se adapta a la realidad, por cuanto no toda persona pobre posee virtudes morales ni toda persona exitosa y productiva ha de ser necesariamente “explotadora”, laboralmente hablando. La injusta generalización establece una efectiva “discriminación social” por cuanto se supone que todos los integrantes de un sector social, con cierto nivel de ingresos, han de ser necesariamente egoístas y favorecedores de la pobreza de otros sectores. La pobreza se debe a la falta de productores y de ahí que deba contemplarse al negligente o al improductivo como responsable principal de ese inconveniente, o al sistema económico que pone trabas para la producción y el progreso económico.
Cuando un mercado, o un país, son subdesarrollados, implica que existen pocos empresarios y poca competencia entre ellos; situación que favorece una posible explotación laboral. Por el contrario, cuando un mercado, o un país, son desarrollados, tal explotación resulta difícil de lograr por cuanto, quien sea víctima de esa situación, deja de trabajar en el lugar del inconveniente para desempeñarse en alguna empresa competidora, perdiendo el empresario explotador parte de su capital humano. Como el liberalismo promueve la plena vigencia de mercados competitivos, propone un sistema que tiende a descartar tal injusticia, mientras que, bajo una economía socialista, al haber una sola “empresa” (el Estado), no existe competencia alguna y la explotación laboral se establece desde el Estado hacia los trabajadores, sin posibilidad alguna de revertir la situación. Sin embargo, tanto el marxista como el “sacerdote” tercermundista critican severamente al liberalismo y apoyan al socialismo, difamando al liberalismo por “promover la explotación laboral” bajo una economía de mercado, de la cual pretenden “liberar al trabajador”.
Mientras que el nazismo se caracterizó por establecer una discriminación racial a gran escala, el marxismo se caracteriza por promover una discriminación social a nivel mundial, logrando, en el pasado, promover asesinatos masivos en cantidades mayores aún que los provocados por los nazis. Por el contrario, Cristo promovía la liberación, tanto de pobres como de ricos, respecto de sus propios pecados, de ahí que aconsejaba amar al prójimo (en lugar de amar a los pobres y odiar a los ricos). De ahí que sea una actitud opuesta a la predominante en los ideólogos totalitarios y en los teólogos de la liberación.
¿Qué es el amor? La definición dada por Baruch de Spinoza puede adoptarse como una referencia confiable debido a la profundidad de sus estudios sobre las emociones y el posterior reconocimiento de destacados neurocientíficos respecto de los aportes realizados por este filósofo del siglo XVII: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1958).
El cristianismo se reduce a sugerir a sus adherentes que intenten compartir la alegría y la tristeza de los demás como propias, no haciendo distingo entre personas pertenecientes a la propia familia, a la sociedad en que viven o a toda la humanidad; tampoco haciendo distingo entre pobres y ricos. El marxismo, por el contrario, se reduce a promover el odio, y a combatir y difamar a quien tenga cierto éxito, especialmente económico.
La burla y la envidia resultan ser opuestas al amor, y constituyen el odio. El citado autor escribe: “El que imagina que aquello a que tiene odio está afectado de tristeza, se alegrará; si, por el contrario, lo imagina afectado de alegría, se entristecerá; y uno y otro afecto será mayor o menor según sea mayor o menor el afecto contrario en aquello a que tiene odio”.
La teología de la liberación, identificada con el marxismo, ha sido descalificada por el sector cristiano de la Iglesia. Se atribuye a Joseph Ratzinger lo siguiente: “Desde un punto de vista teológico, el análisis marxista no es una herramienta científica para el teólogo que debe, previo a la utilización de cualquier método de investigación de la realidad, llevar a cabo un examen crítico de naturaleza epistemológica más que social o económica. El marxismo es, además, una concepción totalitaria del mundo, irreconciliable con la revelación cristiana, en el todo como en sus partes”. “Esta concepción totalitaria impone su lógica y arrastra las «teologías de la liberación» a un concepto de la praxis que hace de toda verdad una verdad partidaria, es decir, relativa a un determinado momento dialéctico. La violencia de la lucha de clases es también violencia al amor de los unos con los otros y a la unidad de todos en Cristo; es una concepción puramente estructuralista, para legitimar esa violencia”.
“Decir que Dios se hace historia, e historia profana, es caer en un inmanentismo historicista, que tiende injustificadamente a identificar el Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación meramente humana, lo que está en oposición con la fe de la Iglesia. Esto entraña, además, que las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad reciban un nuevo contenido como «fidelidad a la historia», «confianza en el futuro», y «opción por los pobres» que en realidad les niega su sustancia teológica”.
“La politización de las afirmaciones de la fe y de los juicios teológicos lleva a la aceptación de que un hombre, en virtud de su pertenencia objetiva al mundo de los ricos, es, ante todo un enemigo de clase que hay que combatir. Todo eso lleva a un clasismo intolerable dentro de la Iglesia y a una negación de su estructura sacramental y jerárquica, hendiendo al cuerpo místico de Cristo en una vertiente «oficial» y otra «popular», ambas contrapuestas”. “La nueva hermenéutica de los teólogos de la liberación conduce a una relectura esencialmente política de las Escrituras y a una selectividad parcial y mendaz (mentirosa) en la selección de los textos sacros, desconociendo la radical novedad del Nuevo Testamento, que es liberación del pecado, la fuente de todos los males. También entraña el rechazo de la tradición como fuente de la fe y una distinción inadmisible entre el "Jesús de la Historia" y el "Jesús de la fe", a espaldas del magisterio eclesiástico» (Citado en “Teología de la liberación”-Wikipedia).
En la jerarquía de la Iglesia Católica existe tanto un bando cristiano como uno “marxista”, estando el primero integrado por quienes siguen a figuras representativas como Juan Pablo II (Karol Wojtila) y a Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), el primero mencionado conoció de cerca el totalitarismo comunista y el segundo, el nazi. El sector afín al marxismo reconoce como figura representativa al obispo Gustavo Gutiérrez, iniciador de tal “teología” latinoamericana, contando, aparentemente, el apoyo del Papa Francisco I (Jorge Bergoglio). Tal es así que, recientemente (2014) se ha editado el libro “Pobre y para los pobres” de Gerhard L. Müller, con contribuciones de Gustavo Gutiérrez, mientras que el prólogo ha sido confiado a Jorge Bergoglio, lo que hace suponer que la nueva dirección de la Iglesia Católica ha decidido orientarse por el camino del socialismo y de la teología aludida.
Siendo Papa Juan Pablo II, el cardenal Joseph Ratzinger se desempeñaba como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe. En la actualidad, tal cargo es desempeñado por Gerhard L. Müller, quien además fue coautor, con Gustavo Gutiérrez, del libro “Del lado de los pobres. Teología de la Liberación”-Augsburgo 2004. Alfredo Urdaci escribió: “Durante años, Wojtila predica por el mundo, mientras Ratzinger vigila la ortodoxia y mantiene a raya a teólogos críticos como Boff, Curran, Schillebeeckxs. En el curso de los últimos veinticuatro años, el cardenal ha combatido los aspectos políticos de la Teología de la Liberación, acusándola de estar subordinada al marxismo; ha lanzado duros ataques a los regimenes del Este, a los que denominó «vergüenza de nuestro tiempo», y ha pronunciado todos los vetos que Juan Pablo II ha creído necesarios para mantener el orden en el interior de la Iglesia Católica” (De “Benedicto XVI y el último cónclave”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2004).
Si se optara por una vida franciscana, con mínimas necesidades materiales, posiblemente las economías nacionales colapsarían ante la falta de demanda. Es oportuno mencionar que países que en el pasado contaban con elevadas tasas de pobreza, como China e India, con economías comunistas o socialistas, optaron por la economía de mercado porque en ella encontraron el método más eficaz para combatir tal flagelo (si bien no lo han erradicado totalmente). De ahí que resulte extraño que en la actualidad se insista con métodos que fracasaron estrepitosamente y que fueron dejados de lado justamente por quienes los emplearon durante bastante tiempo. Ningún país puede darse el lujo de prescindir de la creatividad y la laboriosidad de su pueblo, reemplazándolas por las decisiones de un pequeño grupo de “iluminados” planificadores que, supuestamente, pueden saber más que millones de cerebros individuales.
Desde la óptica marxista, o tercermundista, si existe un pequeño empresario que progresa y amplía su empresa dando trabajo a miles de empleados, hasta convertirse en una gran empresa multinacional, se habrá convertido en “rico”, en “capitalista”, y por ello mismo pasará a ser parte del sector discriminado. Por el contrario, si un forajido, junto a sus secuaces, y mediante las armas, toma el poder total y absoluto en un país y mantiene a la población sometida bajo su total control y voluntad, desde hace más de cincuenta años, como es el caso de Fidel Castro, será propuesto como un ejemplo a seguir por cuanto toda su acción fue realizada “a favor de los pobres”.
El éxito de una sociedad sólo podrá lograrse cuando sus integrantes se propongan cumplir los mandamientos cristianos; el amor al prójimo, interpretado en el sentido indicado antes, y el amor a Dios, contemplando al mundo “bajo una perspectiva de eternidad”, es decir, un “amor intelectual de Dios” que nos hace conscientes de las leyes naturales eternas que gobiernan todas y cada una de las partes que componen el universo, incluidos nosotros mismos.
Los razonamientos subyacentes, tanto del marxismo como del clero tercermundista, puede sintetizarse en la siguiente afirmación: “Los pobres son virtuosos, mientras que los ricos no lo son. Los empresarios explotan a los pobres y son culpables por la opresión que les imponen, por lo cual es necesario liberarlos mediante un sistema económico y social justo e igualitario”. Se establece así una generalización que no se adapta a la realidad, por cuanto no toda persona pobre posee virtudes morales ni toda persona exitosa y productiva ha de ser necesariamente “explotadora”, laboralmente hablando. La injusta generalización establece una efectiva “discriminación social” por cuanto se supone que todos los integrantes de un sector social, con cierto nivel de ingresos, han de ser necesariamente egoístas y favorecedores de la pobreza de otros sectores. La pobreza se debe a la falta de productores y de ahí que deba contemplarse al negligente o al improductivo como responsable principal de ese inconveniente, o al sistema económico que pone trabas para la producción y el progreso económico.
Cuando un mercado, o un país, son subdesarrollados, implica que existen pocos empresarios y poca competencia entre ellos; situación que favorece una posible explotación laboral. Por el contrario, cuando un mercado, o un país, son desarrollados, tal explotación resulta difícil de lograr por cuanto, quien sea víctima de esa situación, deja de trabajar en el lugar del inconveniente para desempeñarse en alguna empresa competidora, perdiendo el empresario explotador parte de su capital humano. Como el liberalismo promueve la plena vigencia de mercados competitivos, propone un sistema que tiende a descartar tal injusticia, mientras que, bajo una economía socialista, al haber una sola “empresa” (el Estado), no existe competencia alguna y la explotación laboral se establece desde el Estado hacia los trabajadores, sin posibilidad alguna de revertir la situación. Sin embargo, tanto el marxista como el “sacerdote” tercermundista critican severamente al liberalismo y apoyan al socialismo, difamando al liberalismo por “promover la explotación laboral” bajo una economía de mercado, de la cual pretenden “liberar al trabajador”.
Mientras que el nazismo se caracterizó por establecer una discriminación racial a gran escala, el marxismo se caracteriza por promover una discriminación social a nivel mundial, logrando, en el pasado, promover asesinatos masivos en cantidades mayores aún que los provocados por los nazis. Por el contrario, Cristo promovía la liberación, tanto de pobres como de ricos, respecto de sus propios pecados, de ahí que aconsejaba amar al prójimo (en lugar de amar a los pobres y odiar a los ricos). De ahí que sea una actitud opuesta a la predominante en los ideólogos totalitarios y en los teólogos de la liberación.
¿Qué es el amor? La definición dada por Baruch de Spinoza puede adoptarse como una referencia confiable debido a la profundidad de sus estudios sobre las emociones y el posterior reconocimiento de destacados neurocientíficos respecto de los aportes realizados por este filósofo del siglo XVII: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1958).
El cristianismo se reduce a sugerir a sus adherentes que intenten compartir la alegría y la tristeza de los demás como propias, no haciendo distingo entre personas pertenecientes a la propia familia, a la sociedad en que viven o a toda la humanidad; tampoco haciendo distingo entre pobres y ricos. El marxismo, por el contrario, se reduce a promover el odio, y a combatir y difamar a quien tenga cierto éxito, especialmente económico.
La burla y la envidia resultan ser opuestas al amor, y constituyen el odio. El citado autor escribe: “El que imagina que aquello a que tiene odio está afectado de tristeza, se alegrará; si, por el contrario, lo imagina afectado de alegría, se entristecerá; y uno y otro afecto será mayor o menor según sea mayor o menor el afecto contrario en aquello a que tiene odio”.
La teología de la liberación, identificada con el marxismo, ha sido descalificada por el sector cristiano de la Iglesia. Se atribuye a Joseph Ratzinger lo siguiente: “Desde un punto de vista teológico, el análisis marxista no es una herramienta científica para el teólogo que debe, previo a la utilización de cualquier método de investigación de la realidad, llevar a cabo un examen crítico de naturaleza epistemológica más que social o económica. El marxismo es, además, una concepción totalitaria del mundo, irreconciliable con la revelación cristiana, en el todo como en sus partes”. “Esta concepción totalitaria impone su lógica y arrastra las «teologías de la liberación» a un concepto de la praxis que hace de toda verdad una verdad partidaria, es decir, relativa a un determinado momento dialéctico. La violencia de la lucha de clases es también violencia al amor de los unos con los otros y a la unidad de todos en Cristo; es una concepción puramente estructuralista, para legitimar esa violencia”.
“Decir que Dios se hace historia, e historia profana, es caer en un inmanentismo historicista, que tiende injustificadamente a identificar el Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación meramente humana, lo que está en oposición con la fe de la Iglesia. Esto entraña, además, que las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad reciban un nuevo contenido como «fidelidad a la historia», «confianza en el futuro», y «opción por los pobres» que en realidad les niega su sustancia teológica”.
“La politización de las afirmaciones de la fe y de los juicios teológicos lleva a la aceptación de que un hombre, en virtud de su pertenencia objetiva al mundo de los ricos, es, ante todo un enemigo de clase que hay que combatir. Todo eso lleva a un clasismo intolerable dentro de la Iglesia y a una negación de su estructura sacramental y jerárquica, hendiendo al cuerpo místico de Cristo en una vertiente «oficial» y otra «popular», ambas contrapuestas”. “La nueva hermenéutica de los teólogos de la liberación conduce a una relectura esencialmente política de las Escrituras y a una selectividad parcial y mendaz (mentirosa) en la selección de los textos sacros, desconociendo la radical novedad del Nuevo Testamento, que es liberación del pecado, la fuente de todos los males. También entraña el rechazo de la tradición como fuente de la fe y una distinción inadmisible entre el "Jesús de la Historia" y el "Jesús de la fe", a espaldas del magisterio eclesiástico» (Citado en “Teología de la liberación”-Wikipedia).
En la jerarquía de la Iglesia Católica existe tanto un bando cristiano como uno “marxista”, estando el primero integrado por quienes siguen a figuras representativas como Juan Pablo II (Karol Wojtila) y a Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), el primero mencionado conoció de cerca el totalitarismo comunista y el segundo, el nazi. El sector afín al marxismo reconoce como figura representativa al obispo Gustavo Gutiérrez, iniciador de tal “teología” latinoamericana, contando, aparentemente, el apoyo del Papa Francisco I (Jorge Bergoglio). Tal es así que, recientemente (2014) se ha editado el libro “Pobre y para los pobres” de Gerhard L. Müller, con contribuciones de Gustavo Gutiérrez, mientras que el prólogo ha sido confiado a Jorge Bergoglio, lo que hace suponer que la nueva dirección de la Iglesia Católica ha decidido orientarse por el camino del socialismo y de la teología aludida.
Siendo Papa Juan Pablo II, el cardenal Joseph Ratzinger se desempeñaba como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe. En la actualidad, tal cargo es desempeñado por Gerhard L. Müller, quien además fue coautor, con Gustavo Gutiérrez, del libro “Del lado de los pobres. Teología de la Liberación”-Augsburgo 2004. Alfredo Urdaci escribió: “Durante años, Wojtila predica por el mundo, mientras Ratzinger vigila la ortodoxia y mantiene a raya a teólogos críticos como Boff, Curran, Schillebeeckxs. En el curso de los últimos veinticuatro años, el cardenal ha combatido los aspectos políticos de la Teología de la Liberación, acusándola de estar subordinada al marxismo; ha lanzado duros ataques a los regimenes del Este, a los que denominó «vergüenza de nuestro tiempo», y ha pronunciado todos los vetos que Juan Pablo II ha creído necesarios para mantener el orden en el interior de la Iglesia Católica” (De “Benedicto XVI y el último cónclave”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2004).
Si se optara por una vida franciscana, con mínimas necesidades materiales, posiblemente las economías nacionales colapsarían ante la falta de demanda. Es oportuno mencionar que países que en el pasado contaban con elevadas tasas de pobreza, como China e India, con economías comunistas o socialistas, optaron por la economía de mercado porque en ella encontraron el método más eficaz para combatir tal flagelo (si bien no lo han erradicado totalmente). De ahí que resulte extraño que en la actualidad se insista con métodos que fracasaron estrepitosamente y que fueron dejados de lado justamente por quienes los emplearon durante bastante tiempo. Ningún país puede darse el lujo de prescindir de la creatividad y la laboriosidad de su pueblo, reemplazándolas por las decisiones de un pequeño grupo de “iluminados” planificadores que, supuestamente, pueden saber más que millones de cerebros individuales.
Desde la óptica marxista, o tercermundista, si existe un pequeño empresario que progresa y amplía su empresa dando trabajo a miles de empleados, hasta convertirse en una gran empresa multinacional, se habrá convertido en “rico”, en “capitalista”, y por ello mismo pasará a ser parte del sector discriminado. Por el contrario, si un forajido, junto a sus secuaces, y mediante las armas, toma el poder total y absoluto en un país y mantiene a la población sometida bajo su total control y voluntad, desde hace más de cincuenta años, como es el caso de Fidel Castro, será propuesto como un ejemplo a seguir por cuanto toda su acción fue realizada “a favor de los pobres”.
El éxito de una sociedad sólo podrá lograrse cuando sus integrantes se propongan cumplir los mandamientos cristianos; el amor al prójimo, interpretado en el sentido indicado antes, y el amor a Dios, contemplando al mundo “bajo una perspectiva de eternidad”, es decir, un “amor intelectual de Dios” que nos hace conscientes de las leyes naturales eternas que gobiernan todas y cada una de las partes que componen el universo, incluidos nosotros mismos.
La dignidad sacerdotal
Cuando alguien dedica su vida a predicar el cristianismo, debe estar muy seguro de haber interpretado fielmente el espíritu del Evangelio. De lo contrario, está colaborando, quizás sin saberlo, con un proceso destructivo, aliándose a ideologías totalitarias. La culpabilidad resulta similar ya sea que no se tenga la habilidad suficiente para comprender el mensaje original o bien por usarlo en forma premeditada como un disfraz para encubrir un mensaje personal que difiere esencialmente del cristiano. La gravedad del tema radica en que toda tergiversación no sólo implica el desprestigio de la Iglesia Católica sino que favorece el deterioro de la sociedad al perder una referencia importante.
Cristo observa la sociedad como un conjunto de hombres y lo divide entre justos y pecadores. La misión de la religión moral implica la conversión de los pecadores a través del pensamiento religioso y del amor al prójimo. Exalta la pobreza como un medio para acentuar los valores espirituales, mientras critica a los ricos cuando priorizan los valores materiales sobre los éticos, pero no los culpa por la situación de los pobres.
Otra de las visiones que de una sociedad se puede encontrar, es aquella en la que se la divide entre pobres y ricos, pero esta vez asociando a los primeros la virtud y a los segundos el pecado, generalización que no resulta compatible con la realidad. Si el mundo funcionara de esa forma, entonces, al confiscarle al rico su riqueza, cediéndosela al pobre, mejoraría el nivel moral de la sociedad. Ello implicaría que la ética resulta dependiente de la economía, y que no hace falta entonces “amar al prójimo como a uno mismo” por cuanto la redistribución económica se encargará de solucionar los problemas sociales. Esto no se adapta a la realidad ni al cristianismo, si suponemos que éste describe con justeza la realidad.
La visión marxista, por otra parte, implica dividir a la sociedad en pobres y ricos (proletariado y burguesía) para culpar a esta última clase social por todos los males que acontecen. Para ello promueve el odio entre sectores y la revolución violenta. Incluso los marxistas culpan al cristianismo por favorecer la pobreza (asociándola a la virtud) como una engañosa forma para permitir la explotación laboral ejercida por la burguesía (o el empresariado). El marxismo resulta, en los hechos y en la teoría, totalmente opuesto al cristianismo.
Quienes, debido a una personalidad definida, se identifican con el marxismo, aun cuando hayan elegido erróneamente una carrera eclesiástica, deben al menos admitir el error. Tienen que afirmar con sinceridad que son marxistas y dejar de tratar de “hacer pasar gato por liebre”. Si creen que marxismo y cristianismo son equivalentes, seguramente han comprendido bastante mal las cosas. Este tipo de error se da generalmente en el terreno de los cuestionamientos filosóficos y teológicos, en donde los razonamientos en base a conceptos a veces mal definidos y de simbologías, pueden extraviar a cualquiera. El hombre puede dirigir su actitud sólo en un sentido definido; entre unos pocos posibles. Puede orientarse hacia el amor al prójimo, como lo sugiere el cristianismo, o en la dirección contraria, el odio marxista destinado a un sector de la sociedad, admitiendo actitudes intermedias.
En la Argentina peronista, el líder supremo ordenó a sus seguidores (o no hizo nada por detenerlos) que quemaran varios templos católicos. Por esa razón fue excomulgado por la Iglesia Católica, si bien luego se arrepintió, según se dice. Su anti-cristianismo se manifestó, no tanto por la quema de símbolos, como son los templos, sino por el odio intenso que sembró en la población. Incluso los alentó a la violencia concreta en varias arengas populares. De ahí que peronismo y cristianismo sean incompatibles e incluso totalmente opuestos, por cuanto el amor es lo opuesto al odio.
Luego del ascenso de Jorge Bergoglio al papado, circularon rumores, nunca desmentidos, de cierta afinidad del actual Papa con el peronismo, algo que sorprende a quien haya conocido de cerca la historia argentina. Alberto Benegas Lynch escribió: “Lo vengo siguiendo a Jorge Bergoglio hace muchos años, en sus diversos destinos quien desde su participación en la llamada Guardia de Hierro peronista en adelante ha comulgado con ideas socialistas. Y esto no es un asunto menor dado que emprenderla contra la propiedad y el sistema capitalista, es decir, los mercados abiertos y competitivos en ausencia de privilegios, demuelen un aspecto medular del basamento moral de la sociedad civilizada y perjudica muy especialmente a los más necesitados”. “En el caso que nos ocupa, se trata de una persona imbuida de las mejores intenciones pero, como es sabido, esto no resulta relevante, lo determinante son los resultados de los consejos y reflexiones que se ponen de manifiesto”.
“Ahora el actual Papa acaba de declarar «cuando se le preguntó su opinión sobre la obra de algunos curas que fueron a trabajar a las villas en los años 60 y 70, como Rodolfo Ricciardelli, Jorge Vernazza y Carlos Mugica»: «Algunos dicen que son curas comunistas. No. Éstos eran grandes sacerdotes que luchaban por la justicia», afirmó. Y añadió que esos sacerdotes, muchos de los cuales integraban el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y fueron muy cuestionados por sectores conservadores o tradicionalistas de la Iglesia en la Argentina, eran «sacerdotes, hombres que rezaban, hombres que escuchaban al pueblo de Dios, hombres que enseñaban el catecismo y que luchaban por la justicia» (La Nación de Buenos Aires, marzo 14, 2014)”.
“Demás está decir que el Papa conoce sobradamente las ideas de los sacerdotes tercermundistas que menciona y no se le escapa todo lo ocurrido en la Argentina en los años que cita pues la vivió igual que el que estas líneas escribe. Por razones de espacio me concentraré en lo que decía el Padre Carlos Mugica que, además, personalmente lo escuchaba en sus sermones en la iglesia del Socorro y la de Santiago Apóstol” (De “El Instituto Independiente”-Internet).
Benegas Lynch cita luego algunos escritos que aparecen en el libro del mencionado sacerdote Mugica titulado “Peronismo y cristianismo” (Editorial Mierlin-Buenos Aires 1967):
“Para el rico la única posibilidad de salvación es dejar de serlo”. “Por eso el burgués o el que tiene mentalidad de burgués, es el menos capacitado para entender el mensaje de Jesucristo”.
“Uno de los grandes daños que nos hace esta sociedad llamada de consumo, pero de consumo de unos pocos y hambre para muchos, es el de hacernos creer que el amor es una cosa dulce, más o menos afectuosa. No. Por amor, muchas veces me veo obligado a hacer sufrir mucho a los seres que amo”.
“Que nos puede importar que nos acusen de comunistas, de subversivos, de violentos y todo lo demás. Además, si yo soy cristiano, en alguna medida no soy signo de contradicción y si suscito simultáneamente el amor y el odio, mala fariña”. “Jesucristo es mucho más ambicioso. No pretende crear una sociedad nueva, pretende crear un hombre nuevo y la categoría de hombre nuevo que asume el Che, sobre todo en su trabajo «El socialismo y el hombre», es una categoría netamente cristiana que San Pablo usa mucho”. “Marx y Lenin al postular la comunidad de bienes más que parafrasear, copian el Evangelio. Cuando Marx habla de dar a cada uno según su trabajo o a cada uno según su necesidad, que para mí es profundamente evangélico, no hace más que asumir ese contenido”.
“Si hoy todos los que se dicen católicos en la Argentina pusieran todas sus tierras en común, todas sus casas en común, no habría necesidad de reformas agrarias, no habría necesidad de construir una sola casa”.
“Yo personalmente, como miembro del movimiento del Tercer Mundo, estoy convencido que en la Argentina solo hay una salida a través de una revolución, pero una revolución verdadera, es decir simultánea: cambio de estructuras y cambio de estructuras internas. Como decían los estudiantes franceses de mayo del 68, tenemos que matar al policía que tenemos adentro, al opresor que tenemos adentro […] El cristiano, entonces, tiene que estar dispuesto a dar la vida”.
“Yo pienso que el sistema capitalista liberal que nosotros padecemos en un sistema netamente opresivo”. “Por eso, como norma los sacerdotes del Tercer Mundo propugnamos el socialismo en el cual se pueden dar relaciones de fraternidad entre los hombres”. “Los valores cristianos son propios de cualquier época, trascienden los movimientos políticos, en cambio el peronismo es un movimiento que asume los valores cristianos de determinada época”.
El primer eslabón de la secuencia de la violencia de los años 70 aparece con los ideólogos como el mencionado “sacerdote”, marxista y peronista, infiltrado en el cristianismo. Sin embargo, según algunas versiones, en los claustros en donde se forman los nuevos sacerdotes jesuitas sigue vigente la Teología de la Liberación, a pesar del evidente fracaso que el odio marxista produjo a lo largo y a lo ancho del mundo. Alberto Benegas Lynch agrega: “Me parece de una gravedad inusitada la referida declaración de apoyo del Papa Francisco, no es que me extrañe pues, como queda dicho, conozco su pensamiento que viene cultivando desde hace mucho tiempo, es por el efecto devastador y el lamentable ejemplo para quienes lo escuchan y leen. No es que el Papa patrocine la violencia (muchos tercermundistas tampoco la suscriben), se trata de las ideas que apoya”.
“Incluso hay asuntos teológicos y de forma inadecuados sobre los que no me quiero involucrar puesto que ya bastante hay con sus reflexiones sobre los temas aquí telegráficamente mencionados. Por eso es que, por ejemplo, John Vennari, el editor de “Catholic Family News” declara con enorme pesar que «yo nunca permitiría que el Papa Francisco le enseñe religión a mis hijos» (Agencia Reuters, marzo de 2014)”.
“Pero más alarmante aun es que el jefe de la Iglesia Católica se pronuncie del modo en que lo viene haciendo sobre los aspectos vitales que ahora apuntamos y que hemos consignado antes en los artículos y entrevistas referidas, nos preocupa sobremanera la actitud de no pocos católicos que cubren con manifestaciones varias estos desaciertos superlativos. La preocupación estriba en que los hijos y nietos observan estos comportamientos de doble discurso cuando del Papa se trata respecto a dichos similares de otras personas, lo cual, en el mejor de los casos, conduce a confusión”.
“Esto es lo mismo que ocurre en muchos centros católicos que, en definitiva, sin quererlo, se convierten en una fábrica de producir ateos y agnósticos. Porque hay sólo tres avenidas que pueden tomarse frente a esta situación. Primero, abandonar la Iglesia con fastidio al extrapolar lo expresado a toda la institución. Segundo, el fanático que agacha la cabeza, lo cual abre las puertas para más episodios contrarios a las bases del catolicismo. Y tercero, los que se mantienen firmes y critican abiertamente lo incorrecto y peligroso, los que no son tibios en el sentido bíblico del término”.
Cristo observa la sociedad como un conjunto de hombres y lo divide entre justos y pecadores. La misión de la religión moral implica la conversión de los pecadores a través del pensamiento religioso y del amor al prójimo. Exalta la pobreza como un medio para acentuar los valores espirituales, mientras critica a los ricos cuando priorizan los valores materiales sobre los éticos, pero no los culpa por la situación de los pobres.
Otra de las visiones que de una sociedad se puede encontrar, es aquella en la que se la divide entre pobres y ricos, pero esta vez asociando a los primeros la virtud y a los segundos el pecado, generalización que no resulta compatible con la realidad. Si el mundo funcionara de esa forma, entonces, al confiscarle al rico su riqueza, cediéndosela al pobre, mejoraría el nivel moral de la sociedad. Ello implicaría que la ética resulta dependiente de la economía, y que no hace falta entonces “amar al prójimo como a uno mismo” por cuanto la redistribución económica se encargará de solucionar los problemas sociales. Esto no se adapta a la realidad ni al cristianismo, si suponemos que éste describe con justeza la realidad.
La visión marxista, por otra parte, implica dividir a la sociedad en pobres y ricos (proletariado y burguesía) para culpar a esta última clase social por todos los males que acontecen. Para ello promueve el odio entre sectores y la revolución violenta. Incluso los marxistas culpan al cristianismo por favorecer la pobreza (asociándola a la virtud) como una engañosa forma para permitir la explotación laboral ejercida por la burguesía (o el empresariado). El marxismo resulta, en los hechos y en la teoría, totalmente opuesto al cristianismo.
Quienes, debido a una personalidad definida, se identifican con el marxismo, aun cuando hayan elegido erróneamente una carrera eclesiástica, deben al menos admitir el error. Tienen que afirmar con sinceridad que son marxistas y dejar de tratar de “hacer pasar gato por liebre”. Si creen que marxismo y cristianismo son equivalentes, seguramente han comprendido bastante mal las cosas. Este tipo de error se da generalmente en el terreno de los cuestionamientos filosóficos y teológicos, en donde los razonamientos en base a conceptos a veces mal definidos y de simbologías, pueden extraviar a cualquiera. El hombre puede dirigir su actitud sólo en un sentido definido; entre unos pocos posibles. Puede orientarse hacia el amor al prójimo, como lo sugiere el cristianismo, o en la dirección contraria, el odio marxista destinado a un sector de la sociedad, admitiendo actitudes intermedias.
En la Argentina peronista, el líder supremo ordenó a sus seguidores (o no hizo nada por detenerlos) que quemaran varios templos católicos. Por esa razón fue excomulgado por la Iglesia Católica, si bien luego se arrepintió, según se dice. Su anti-cristianismo se manifestó, no tanto por la quema de símbolos, como son los templos, sino por el odio intenso que sembró en la población. Incluso los alentó a la violencia concreta en varias arengas populares. De ahí que peronismo y cristianismo sean incompatibles e incluso totalmente opuestos, por cuanto el amor es lo opuesto al odio.
Luego del ascenso de Jorge Bergoglio al papado, circularon rumores, nunca desmentidos, de cierta afinidad del actual Papa con el peronismo, algo que sorprende a quien haya conocido de cerca la historia argentina. Alberto Benegas Lynch escribió: “Lo vengo siguiendo a Jorge Bergoglio hace muchos años, en sus diversos destinos quien desde su participación en la llamada Guardia de Hierro peronista en adelante ha comulgado con ideas socialistas. Y esto no es un asunto menor dado que emprenderla contra la propiedad y el sistema capitalista, es decir, los mercados abiertos y competitivos en ausencia de privilegios, demuelen un aspecto medular del basamento moral de la sociedad civilizada y perjudica muy especialmente a los más necesitados”. “En el caso que nos ocupa, se trata de una persona imbuida de las mejores intenciones pero, como es sabido, esto no resulta relevante, lo determinante son los resultados de los consejos y reflexiones que se ponen de manifiesto”.
“Ahora el actual Papa acaba de declarar «cuando se le preguntó su opinión sobre la obra de algunos curas que fueron a trabajar a las villas en los años 60 y 70, como Rodolfo Ricciardelli, Jorge Vernazza y Carlos Mugica»: «Algunos dicen que son curas comunistas. No. Éstos eran grandes sacerdotes que luchaban por la justicia», afirmó. Y añadió que esos sacerdotes, muchos de los cuales integraban el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y fueron muy cuestionados por sectores conservadores o tradicionalistas de la Iglesia en la Argentina, eran «sacerdotes, hombres que rezaban, hombres que escuchaban al pueblo de Dios, hombres que enseñaban el catecismo y que luchaban por la justicia» (La Nación de Buenos Aires, marzo 14, 2014)”.
“Demás está decir que el Papa conoce sobradamente las ideas de los sacerdotes tercermundistas que menciona y no se le escapa todo lo ocurrido en la Argentina en los años que cita pues la vivió igual que el que estas líneas escribe. Por razones de espacio me concentraré en lo que decía el Padre Carlos Mugica que, además, personalmente lo escuchaba en sus sermones en la iglesia del Socorro y la de Santiago Apóstol” (De “El Instituto Independiente”-Internet).
Benegas Lynch cita luego algunos escritos que aparecen en el libro del mencionado sacerdote Mugica titulado “Peronismo y cristianismo” (Editorial Mierlin-Buenos Aires 1967):
“Para el rico la única posibilidad de salvación es dejar de serlo”. “Por eso el burgués o el que tiene mentalidad de burgués, es el menos capacitado para entender el mensaje de Jesucristo”.
“Uno de los grandes daños que nos hace esta sociedad llamada de consumo, pero de consumo de unos pocos y hambre para muchos, es el de hacernos creer que el amor es una cosa dulce, más o menos afectuosa. No. Por amor, muchas veces me veo obligado a hacer sufrir mucho a los seres que amo”.
“Que nos puede importar que nos acusen de comunistas, de subversivos, de violentos y todo lo demás. Además, si yo soy cristiano, en alguna medida no soy signo de contradicción y si suscito simultáneamente el amor y el odio, mala fariña”. “Jesucristo es mucho más ambicioso. No pretende crear una sociedad nueva, pretende crear un hombre nuevo y la categoría de hombre nuevo que asume el Che, sobre todo en su trabajo «El socialismo y el hombre», es una categoría netamente cristiana que San Pablo usa mucho”. “Marx y Lenin al postular la comunidad de bienes más que parafrasear, copian el Evangelio. Cuando Marx habla de dar a cada uno según su trabajo o a cada uno según su necesidad, que para mí es profundamente evangélico, no hace más que asumir ese contenido”.
“Si hoy todos los que se dicen católicos en la Argentina pusieran todas sus tierras en común, todas sus casas en común, no habría necesidad de reformas agrarias, no habría necesidad de construir una sola casa”.
“Yo personalmente, como miembro del movimiento del Tercer Mundo, estoy convencido que en la Argentina solo hay una salida a través de una revolución, pero una revolución verdadera, es decir simultánea: cambio de estructuras y cambio de estructuras internas. Como decían los estudiantes franceses de mayo del 68, tenemos que matar al policía que tenemos adentro, al opresor que tenemos adentro […] El cristiano, entonces, tiene que estar dispuesto a dar la vida”.
“Yo pienso que el sistema capitalista liberal que nosotros padecemos en un sistema netamente opresivo”. “Por eso, como norma los sacerdotes del Tercer Mundo propugnamos el socialismo en el cual se pueden dar relaciones de fraternidad entre los hombres”. “Los valores cristianos son propios de cualquier época, trascienden los movimientos políticos, en cambio el peronismo es un movimiento que asume los valores cristianos de determinada época”.
El primer eslabón de la secuencia de la violencia de los años 70 aparece con los ideólogos como el mencionado “sacerdote”, marxista y peronista, infiltrado en el cristianismo. Sin embargo, según algunas versiones, en los claustros en donde se forman los nuevos sacerdotes jesuitas sigue vigente la Teología de la Liberación, a pesar del evidente fracaso que el odio marxista produjo a lo largo y a lo ancho del mundo. Alberto Benegas Lynch agrega: “Me parece de una gravedad inusitada la referida declaración de apoyo del Papa Francisco, no es que me extrañe pues, como queda dicho, conozco su pensamiento que viene cultivando desde hace mucho tiempo, es por el efecto devastador y el lamentable ejemplo para quienes lo escuchan y leen. No es que el Papa patrocine la violencia (muchos tercermundistas tampoco la suscriben), se trata de las ideas que apoya”.
“Incluso hay asuntos teológicos y de forma inadecuados sobre los que no me quiero involucrar puesto que ya bastante hay con sus reflexiones sobre los temas aquí telegráficamente mencionados. Por eso es que, por ejemplo, John Vennari, el editor de “Catholic Family News” declara con enorme pesar que «yo nunca permitiría que el Papa Francisco le enseñe religión a mis hijos» (Agencia Reuters, marzo de 2014)”.
“Pero más alarmante aun es que el jefe de la Iglesia Católica se pronuncie del modo en que lo viene haciendo sobre los aspectos vitales que ahora apuntamos y que hemos consignado antes en los artículos y entrevistas referidas, nos preocupa sobremanera la actitud de no pocos católicos que cubren con manifestaciones varias estos desaciertos superlativos. La preocupación estriba en que los hijos y nietos observan estos comportamientos de doble discurso cuando del Papa se trata respecto a dichos similares de otras personas, lo cual, en el mejor de los casos, conduce a confusión”.
“Esto es lo mismo que ocurre en muchos centros católicos que, en definitiva, sin quererlo, se convierten en una fábrica de producir ateos y agnósticos. Porque hay sólo tres avenidas que pueden tomarse frente a esta situación. Primero, abandonar la Iglesia con fastidio al extrapolar lo expresado a toda la institución. Segundo, el fanático que agacha la cabeza, lo cual abre las puertas para más episodios contrarios a las bases del catolicismo. Y tercero, los que se mantienen firmes y critican abiertamente lo incorrecto y peligroso, los que no son tibios en el sentido bíblico del término”.
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